Беззвёздное небо
El cielo sin estrellas
Durante los primeros cuatro años del proyecto, Dmitri Aleksándrovich Yermakov creyó que trabajaba en un sistema de comunicaciones. Aquella interpretación, además de razonable, había conseguido para el Instituto Budker de Física Nuclear una financiación que ningún comité habría concedido a un hombre que pretendiera contemplar el universo entero dentro de una muestra de hidrógeno.
Yermakov tenía cuarenta y siete años, una esposa que vivía en Moscú desde hacía casi una década y una reputación construida sobre dos virtudes escasamente compatibles: una imaginación desmesurada y una disciplina experimental incapaz de tolerar aproximaciones. Su oficina ocupaba el extremo oriental de un edificio de hormigón levantado durante los últimos años de la Unión Soviética, en las afueras de Novosibirsk. Desde su ventana veía abedules, antenas, depósitos de nitrógeno líquido y una extensión de nieve que durante el invierno parecía prolongarse hasta borrar cualquier diferencia entre la tierra y el cielo.
El proyecto había comenzado con una pregunta sencilla. La radiocomunicación interestelar dependía de ondas electromagnéticas que se debilitaban con la distancia, sufrían interferencias y exigían cantidades enormes de energía para atravesar el ruido de fondo del cosmos. El hidrógeno, en cambio, estaba presente en casi todo el universo observable. Sus átomos poseían una transición hiperfina característica, producida por el cambio relativo entre los espines del protón y el electrón. Esa transición generaba una emisión con una longitud de onda cercana a los veintiún centímetros y una frecuencia de 1420,405 megahercios, una firma tan universal que numerosos astrónomos la consideraban la elección evidente para cualquier civilización que intentara anunciar su existencia.
Yermakov perseguía algo distinto. Su hipótesis proponía utilizar poblaciones de hidrógeno como nodos resonantes capaces de transmitir información mediante correlaciones de fase. Una señal correctamente modulada alteraría la distribución estadística de los estados hiperfinos dentro de una cámara emisora. Otra cámara, situada a distancia, detectaría las variaciones mediante magnetometría cuántica. El procedimiento seguía utilizando campos electromagnéticos, aunque la información viajaría codificada en la respuesta colectiva del medio, como una vibración conducida a través de una sustancia que llenaba el universo entero.
Los primeros experimentos resultaron modestos. Consiguieron transmitir secuencias binarias entre dos cámaras separadas por treinta metros. Después trasladaron el receptor a un edificio distante. Luego a una instalación subterránea situada a diecisiete kilómetros. Las paredes, el suelo y las interferencias urbanas apenas afectaron la señal. El instituto celebró el resultado con vodka, discursos y una fotografía donde Yermakov aparecía sonriendo con la incomodidad de un hombre que ya sospechaba que el éxito visible ocultaba una anomalía mucho mayor.
La señal recibida siempre contenía información adicional.
Al principio la atribuyeron al ruido térmico. Los átomos de hidrógeno, sometidos a una temperatura superior al cero absoluto, cambiaban de estado según distribuciones probabilísticas. Los detectores registraban esas fluctuaciones y producían una textura irregular alrededor del mensaje principal. El equipo desarrolló filtros, enfrió las cámaras, aisló los campos magnéticos y aumentó la precisión de los relojes atómicos. La textura permaneció.
Yermakov advirtió que aquel ruido repetía ciertas relaciones de fase. Una fluctuación espontánea debía variar entre ensayos. Aquella estructura regresaba cada vez, como una melodía ejecutada bajo capas sucesivas de interferencia. Ordenó registrar el fondo durante setenta y dos horas, eliminó la señal de prueba y comparó los resultados. La correlación superaba cualquier valor compatible con un proceso aleatorio.
Trabajó durante seis semanas en una reconstrucción matemática. Aplicó transformadas de Fourier, descomposición espectral y algoritmos utilizados en interferometría astronómica. El patrón se comportaba como un frente de ondas incompleto. Cada punto contenía información distribuida sobre la totalidad de la señal, aunque ninguna región aislada permitía reconstruirla con plena nitidez. Yermakov añadió una onda de referencia simulada, modificó su fase y ejecutó el algoritmo durante una noche entera.
A las cuatro y diecisiete de la madrugada apareció la primera imagen.
Era una banda luminosa atravesada por filamentos y regiones oscuras. Yermakov pensó en un error de visualización, luego en una reconstrucción accidental de la Vía Láctea captada por alguna antena cercana. Comparó la imagen con mapas de radiofrecuencia y encontró coincidencias parciales. El centro galáctico ocupaba la posición correcta. Las Nubes de Magallanes aparecían deformadas hacia un borde. Varias fuentes extragalácticas coincidían con catálogos conocidos.
La cámara contenía ocho gramos de hidrógeno.
Yermakov repitió el procedimiento utilizando una muestra distinta. La imagen regresó con ligeras variaciones de contraste. Cambió la presión, la temperatura y la composición isotópica. Utilizó deuterio, luego hidrógeno molecular, luego una muestra extraída del agua del grifo. En cada caso, el patrón de interferencia permitía reconstruir una representación del cielo.
Durante los meses siguientes, Yermakov y su equipo desmontaron cada parte del aparato, verificaron las fuentes eléctricas, reemplazaron los sensores y construyeron un segundo sistema en una instalación independiente. La imagen persistió. Un laboratorio en San Petersburgo recibió instrucciones incompletas y reprodujo el efecto. Otro en Pekín obtuvo una reconstrucción más clara utilizando magnetómetros de vapor de rubidio. Un equipo japonés descubrió que cualquier porción de la señal contenía la imagen completa, aunque la resolución disminuía a medida que se reducía el fragmento analizado.
La palabra apareció por primera vez durante una reunión celebrada en una sala cubierta de pizarras.
—Holograma —dijo la doctora Irina Lébedeva.
Yermakov sintió una irritación inmediata. El término pertenecía a décadas de especulación filosófica, libros populares y documentales que convertían la física cuántica en una religión para personas impacientes. David Bohm había hablado de un orden implicado donde cada región de la realidad contenía relaciones con la totalidad. Karl Pribram había propuesto modelos holográficos para ciertos procesos cerebrales. Michael Talbot había reunido aquellas ideas en un libro de 1991 y las había extendido hacia fenómenos que la ciencia jamás consiguió confirmar.
Yermakov leyó el libro durante un fin de semana.
El lunes colocó un ejemplar sobre la mesa del laboratorio y dijo que Talbot había acertado en la metáfora y errado en casi todo lo demás.
La evidencia señalaba una estructura precisa. Cada átomo de hidrógeno participaba en un patrón global de fase. La información sobre la distribución de materia del universo aparecía codificada de forma redundante en cualquier porción de ese patrón. El fenómeno guardaba semejanza con un holograma óptico, aunque la onda de referencia y el soporte físico pertenecían a un nivel desconocido. El espacio tridimensional parecía emerger de relaciones distribuidas entre estados cuánticos. La materia actuaba como una ventana imperfecta hacia la estructura completa.
El primer artículo ocupó ciento ochenta y tres páginas.
Yermakov incluyó los datos brutos, el código de reconstrucción y las instrucciones para fabricar el detector. Durante las primeras horas, la comunidad científica reaccionó con una mezcla de entusiasmo y hostilidad. En menos de dos semanas, laboratorios de doce países habían replicado el efecto. Durante el mes siguiente, la cifra ascendió a ciento cuarenta y siete.
La controversia terminó cuando tres equipos independientes reconstruyeron la posición de una supernova horas antes de que su luz alcanzara los telescopios terrestres.
La imagen holográfica contenía información del estado presente del cosmos.
Aquello provocó una crisis dentro de la física. El concepto de distancia perdió parte de su significado. La información distribuida en una muestra local parecía corresponder a regiones situadas a millones de años luz. La reconstrucción jamás permitía transmitir materia ni energía hacia esas regiones, aunque permitía observarlas mediante un mecanismo ajeno a la propagación ordinaria de la luz.
Yermakov recibió el Premio Nobel dos años después. En Estocolmo habló durante cuarenta y seis minutos acerca de correlaciones globales, redundancia informacional y geometría emergente. Mencionó a Bohm, Pribram y Talbot con una cortesía que la prensa interpretó como reivindicación. Cerró su discurso afirmando que la humanidad había confundido durante siglos el universo con su apariencia local.
El mundo adoptó una lectura distinta.
Las iglesias declararon que la totalidad presente en cada fragmento confirmaba antiguas doctrinas sobre la omnipresencia divina. Los movimientos esotéricos vendieron cristales que prometían mejorar la conexión con el holograma. Los gobiernos financiaron programas destinados a observar instalaciones militares extranjeras mediante muestras de materia ordinaria. Las empresas tecnológicas imaginaron redes de comunicación instantánea. Los filósofos regresaron a Platón. Los físicos regresaron a sus laboratorios.
Yermakov regresó a Novosibirsk.
Había descubierto que distintas sustancias producían reconstrucciones de calidad desigual.
El hidrógeno ofrecía una imagen amplia y borrosa. El carbono mejoraba el contraste. Los metales pesados permitían distinguir estructuras más pequeñas. El plomo superaba al hierro, el oro superaba al plomo y el osmio ofrecía la mejor resolución entre los elementos estables. La relación parecía vinculada con la densidad nuclear, la cantidad de nucleones y la complejidad de los estados cuánticos disponibles.
Yermakov formuló una hipótesis que llamó densidad holográfica efectiva. Cada región material contenía la totalidad del patrón, aunque la cantidad de información recuperable dependía del número de grados de libertad físicos dentro de la muestra. Una materia más densa funcionaba como una emulsión fotográfica de grano más fino.
El problema consistía en obtener una sustancia capaz de superar al osmio por varios órdenes de magnitud.
La materia degenerada de una estrella de neutrones habría ofrecido una densidad incomparable, aunque su existencia dependía de presiones gravitatorias imposibles de reproducir en la Tierra. Fuera de la estrella, aquella materia se expandiría de manera explosiva hasta recuperar una estructura nuclear ordinaria. Yermakov buscó una alternativa en los materiales sometidos a compresión dinámica.
Un equipo del Instituto Kurchátov había producido durante fracciones de segundo una fase superiónica de hidrógeno metálico mediante pulsos de láser. Otro laboratorio trabajaba con estructuras cristalinas de osmio e iridio comprimidas por ondas de choque convergentes. Yermakov propuso combinar ambos métodos para crear un microcristal metaestable donde núcleos pesados quedaran atrapados dentro de una red de hidrógeno metálico.
La sustancia existió durante treinta y ocho nanosegundos en el primer ensayo.
En el ensayo número veintisiete, una porción microscópica conservó su estructura después de reducir la presión. Tenía el tamaño de un grano de arena, una masa de treinta y dos miligramos y una densidad aparente superior a cualquier sólido conocido. La red cristalina contenía núcleos de osmio unidos por una fase de hidrógeno metálico atrapada en un estado de alta presión. Los físicos discutieron durante meses acerca de la estabilidad del material. Yermakov lo llamó cristal de Záitsev, en honor a la joven investigadora que había diseñado el pulso de compresión.
La primera reconstrucción saturó todos los detectores.
El equipo redujo la ganancia, aumentó la capacidad de procesamiento y repitió el análisis. La imagen resultante mostraba la Vía Láctea con una claridad absurda. Las nubes de polvo interestelar adquirieron profundidad. Los brazos espirales aparecieron como estructuras tridimensionales. Regiones ocultas detrás del núcleo galáctico surgieron con detalle suficiente para medir estrellas individuales.
Yermakov acercó la imagen hacia una galaxia situada a más de diez mil millones de años luz. El sistema mostró su estado presente, liberado del retraso impuesto por la velocidad de la luz. Amplió uno de sus brazos, eligió una estrella amarilla y observó varios planetas. Uno poseía océanos, atmósfera y masas continentales teñidas de verde oscuro.
El laboratorio permaneció en silencio durante nueve minutos.
Aquel descubrimiento habría bastado para transformar la historia humana. Yermakov apenas lo registró en su cuaderno. La imagen contenía algo más importante: una profundidad navegable. El patrón permitía modificar la escala de reconstrucción y desplazarse por el universo como si todo el espacio formara una sola imagen.
Durante varias semanas exploraron sistemas estelares, cúmulos globulares y regiones situadas más allá del horizonte cosmológico calculado. La reconstrucción revelaba estructuras cuya luz jamás llegaría a la Tierra debido a la expansión del espacio. El universo visible resultó ser una provincia pequeña dentro de una extensión mucho mayor.
Yermakov empezó a dormir en el instituto.
Una madrugada, mientras observaba una formación de galaxias situada fuera del horizonte observable, giró el control de escala en dirección contraria.
La imagen comenzó a alejarse.
Al principio aparecieron cúmulos, filamentos y vacíos cósmicos. Luego surgieron estructuras mayores, redes de galaxias extendidas como nervaduras luminosas. La región observable se convirtió en un pequeño volumen dentro de una arquitectura inmensa. Yermakov continuó reduciendo la escala.
El software jamás había sido diseñado para aquella operación. Cada nivel exigía reconstruir relaciones de fase más amplias y compensar distorsiones geométricas. La computadora tardó varias horas en generar el siguiente fotograma.
Cuando apareció, el universo ocupaba menos de la mitad de la pantalla.
Alrededor había oscuridad.
Yermakov llamó a Lébedeva, a Záitseva y a otros cinco miembros del equipo. Verificaron las coordenadas, revisaron el algoritmo y repitieron el proceso. El resultado permaneció. La totalidad del espacio conocido aparecía como una estructura luminosa suspendida dentro de una extensión carente de estrellas.
El universo tenía un exterior.
Aquella frase surgió en la mente de todos, aunque ninguno la pronunció.
Yermakov continuó alejándose.
La estructura cósmica se redujo hasta adquirir una forma semejante a una membrana plegada sobre sí misma. Las galaxias se transformaron en reflejos móviles dentro de su superficie. El conjunto vibraba con lentitud, como una imagen proyectada sobre un tejido agitado por una respiración profunda. El universo entero parecía vivo, aunque aquella vida carecía de órganos, dirección y propósito reconocible.
Entonces algo cruzó la imagen.
El fenómeno duró menos de un segundo. Una región de oscuridad pasó por encima de la membrana y alteró su geometría. Las galaxias se arquearon alrededor de una curvatura imposible. La estructura completa sufrió una deformación semejante a la producida por una sombra sobre agua.
Yermakov detuvo la grabación.
Retrocedió fotograma por fotograma.
En el primero, la membrana ocupaba el centro de la imagen. En el segundo, una forma oscura rozaba uno de sus extremos. En el tercero, la forma cubría casi una cuarta parte del universo reconstruido. En el cuarto, había desaparecido.
La forma carecía de límites completos. El campo de visión contenía apenas una fracción de aquello. Su textura absorbía la información en lugar de reflejarla. Las ecuaciones de reconstrucción producían valores complejos, regiones donde la distancia, el tiempo y la curvatura adquirían signos incompatibles con la geometría física.
Záitseva dijo que podía tratarse de un artefacto.
Yermakov reprodujo el tercer fotograma y señaló las galaxias deformadas.
Un artefacto generado por el software habría alterado la imagen. Aquello había alterado el universo.
Durante los meses siguientes intentaron recuperar la aparición. Repitieron la reconstrucción en horarios distintos, cambiaron la orientación del cristal y modificaron los parámetros de fase. La membrana cósmica reapareció con pequeñas variaciones. La forma regresó cuatro veces.
Cada aparición ocurrió en una región distinta.
Cada aparición mostró una fracción diferente.
Yermakov trató de unirlas.
El primer modelo produjo una figura carente de simetría, con prolongaciones que parecían atravesar dimensiones ajenas al espacio tridimensional. El segundo modelo colapsó bajo contradicciones topológicas. El tercero reveló que varias partes de la forma ocupaban simultáneamente el mismo lugar del espacio exterior.
La llamaron la Presencia en los informes internos. Yermakov eliminó el término. Escribió fenómeno de orden superior, luego objeto extracosmológico, luego anomalía exterior. Finalmente dejó un espacio en blanco cada vez que debía nombrarla.
Publicó los datos seis meses después.
El artículo produjo una conmoción mayor que el descubrimiento holográfico. Miles de científicos descargaron las grabaciones. Algunos confirmaron las deformaciones. Otros denunciaron errores de interpretación. Cinco laboratorios construyeron cristales equivalentes y observaron la membrana desde escalas similares.
Tres vieron algo cruzarla.
La humanidad recibió la noticia un jueves.
Durante las horas siguientes, las bolsas mundiales perdieron billones de dólares. Varias confesiones religiosas convocaron concilios de emergencia. El patriarca de Moscú afirmó que la ciencia había observado una manifestación del Creador. El Vaticano publicó un comunicado donde recordaba que cualquier realidad superior seguía perteneciendo al acto divino. Líderes islámicos hablaron de los cielos superpuestos descritos por el Corán. Sectas nuevas aparecieron antes del final de la semana.
Una comunidad fundada en California afirmó que la Presencia era el operador del holograma. Otro movimiento aseguró que el universo constituía un huevo cósmico y que la sombra pertenecía al organismo encargado de incubarlo. En Europa, varias iglesias fueron incendiadas. En la India, millones de personas viajaron hacia lugares sagrados. En Japón, una empresa lanzó un servicio funerario que prometía devolver las cenizas al patrón universal.
Los gobiernos exigieron acceso al cristal de Záitsev.
Rusia declaró el proyecto asunto de seguridad nacional. Estados Unidos, China y la Unión Europea crearon programas equivalentes. Las Naciones Unidas formaron una comisión para determinar el estatuto filosófico y jurídico de una realidad exterior al universo. Aquella comisión celebró nueve sesiones y produjo un documento donde la palabra entidad aparecía ciento cuarenta y dos veces.
Yermakov asistió a una sola conferencia de prensa.
Un periodista le preguntó si había demostrado la existencia de Dios.
Yermakov respondió que había demostrado la existencia de algo situado más allá de la geometría cosmológica conocida. Añadió que confundir una posición exterior con un acto creador equivalía a atribuir la invención de una casa al primer pájaro que se posara sobre el tejado.
La frase se volvió célebre.
Después de aquella conferencia, Yermakov abandonó las apariciones públicas.
Su investigación cambió de dirección. La física describía la membrana y cuantificaba sus deformaciones, aunque carecía de conceptos para interpretar la Presencia. Yermakov empezó a estudiar a quienes habían afirmado contemplar realidades situadas más allá del mundo.
Leyó el Timeo de Platón y los textos neoplatónicos de Plotino. Estudió las emanaciones del Uno, las esferas celestes de Aristóteles y los mundos superiores de la tradición gnóstica. Aprendió hebreo suficiente para leer fragmentos del Zóhar. Consultó traducciones del Sefer Yetzirah, los Upanishads, el Bardo Thödol y tratados sufíes sobre los velos de la existencia.
Buscaba una descripción.
Encontró metáforas.
El mundo como sombra. La realidad como sueño. La creación como reflejo. El cielo como velo. Dios como luz situada fuera de toda forma. Cada tradición parecía haber rozado una parte de su descubrimiento, aunque ninguna poseía la precisión suficiente para distinguir la Presencia de una divinidad, un símbolo o una experiencia interior.
Yermakov descendió hacia textos más oscuros. Leyó grimorios medievales, tratados de alquimia, testimonios de visionarios y transcripciones de rituales destinados a abrir puertas entre mundos. Viajó a monasterios del norte de Rusia, habló con sacerdotes ortodoxos, chamanes buriatos y monjes tibetanos. Visitó archivos donde se conservaban manuscritos de místicos que habían descrito un cielo sin estrellas, vastas extensiones negras y figuras que caminaban detrás de la creación.
En un códice siríaco del siglo IX encontró una frase que lo acompañó durante años:
El mundo cuelga ante ellos como una lámpara dentro de una casa inconmensurable.
Yermakov copió la frase en la primera página de cada cuaderno.
Su comportamiento empezó a inquietar al equipo. Pasaba días completos observando la membrana cósmica. Medía las vibraciones, clasificaba las apariciones y trazaba mapas de las deformaciones. Dormía pocas horas. Comía frente a las pantallas. Sus conversaciones regresaban siempre al mismo punto.
La Presencia jamás había mirado hacia el universo.
Aquella indiferencia lo perturbaba más que cualquier gesto de hostilidad. La humanidad había contemplado la posibilidad de un creador atento, un juez, un padre, una inteligencia interesada en las acciones humanas. La forma exterior cruzaba sobre el universo como alguien que pasa junto a una mota de polvo.
Yermakov calculó su escala aparente.
El resultado carecía de sentido. Una parte visible de la Presencia superaba el diámetro reconstruido del universo por varios órdenes de magnitud. Sin embargo, su movimiento producía cambios locales sobre la membrana, como si existiera a una distancia infinitamente grande y, al mismo tiempo, en contacto directo con cada región del cosmos.
El modelo sugería que la Presencia ocupaba un espacio con más dimensiones que el universo. Lo que ellos veían era una sección, del mismo modo que un ser bidimensional percibiría una esfera como un círculo que aparece, crece y desaparece al atravesar su plano.
Yermakov comprendió que jamás habían visto a la Presencia.
Habían visto su intersección con el holograma.
Aquella conclusión aceleró su caída.
Empezó a hablar de direcciones imposibles. Señalaba el techo cuando intentaba explicar una dimensión situada fuera del espacio, luego corregía el gesto y apuntaba hacia su propio pecho. Dibujaba formas que parecían alfabetos, circuitos o mapas. Llenó las paredes de su apartamento con diagramas concéntricos donde el universo ocupaba siempre el centro de una estructura mayor.
Su esposa viajó desde Moscú y permaneció con él durante tres semanas. Yermakov apenas la reconoció. Le explicó que cada persona constituía una interferencia local, una región donde el holograma adquiría la ilusión de identidad. Habló de recuerdos distribuidos, de conciencias plegadas y de una totalidad que soñaba fragmentos de sí misma.
Ella regresó a Moscú.
El instituto retiró a Yermakov del laboratorio después de que intentara aumentar la potencia del detector más allá de los límites de seguridad. Yermakov entregó sus credenciales sin protestar. Conservaba copias de los datos y había construido un sistema menor en el sótano de su vivienda.
Durante el último año de su vida publicó tres artículos.
El primero sostenía que el universo holográfico funcionaba como una superficie de proyección dentro de una realidad superior. El segundo afirmaba que la conciencia humana podía constituir una propiedad de lectura del holograma, un mecanismo mediante el cual la estructura se contemplaba desde el interior. El tercero estaba compuesto por ecuaciones, citas religiosas y párrafos escritos en ruso, latín y alemán.
La última página contenía una sola imagen.
Mostraba la membrana cósmica durante una aparición de la Presencia. Yermakov había aumentado el contraste hasta revelar una serie de patrones sobre la región oscura. Aquellos patrones se repetían a diferentes escalas. Cada uno contenía una estructura semejante al universo.
La Presencia también era holográfica.
El hallazgo apenas recibió atención científica. Para entonces, Yermakov era considerado un genio destruido por su propio descubrimiento. Algunos colegas visitaban su casa y encontraban las habitaciones cubiertas de libros, cables y páginas escritas. Otros evitaban mencionarlo.
Irina Lébedeva fue la última persona que lo vio consciente.
Llegó una noche de enero. La calefacción del sótano había fallado y el cristal de Záitsev brillaba dentro de una cámara rodeada de escarcha. Yermakov estaba sentado frente a seis pantallas. Había perdido peso, llevaba la barba larga y sus manos temblaban.
En la pantalla central aparecía la membrana.
Lébedeva observó que la imagen se movía con mayor claridad que en los experimentos originales. Las galaxias fluían sobre la superficie como puntos de luz atrapados en una corriente. Alrededor se extendía aquella oscuridad absoluta que Yermakov llamaba el exterior.
La Presencia ocupaba casi toda la imagen.
Lébedeva sintió que su forma cambiaba cuando apartaba la vista. Cada intento por fijar un contorno producía otro. A veces parecía una superficie. A veces una abertura. A veces una acumulación de miembros, pliegues o cavidades. La membrana cósmica flotaba frente a ella como una película luminosa adherida a una porción diminuta de aquello.
Yermakov señaló una región de la pantalla.
—Mira el movimiento —dijo.
La Presencia parecía desplazarse con lentitud. El universo se curvaba bajo su paso.
—La hemos visto antes —respondió Lébedeva.
Yermakov sonrió.
—La imagen se repite.
Le mostró varias ampliaciones. En cada región de la Presencia aparecía un patrón semejante a la membrana universal. Dentro de ese patrón surgía otra oscuridad. Dentro de aquella oscuridad, otra forma.
La recursión continuaba.
Lébedeva comprendió la idea antes de que Yermakov la expresara. El universo contenido dentro de cada fragmento de materia formaba parte de una estructura mayor. Esa estructura contenía otras estructuras. La Presencia podía ser un ser, un mundo o un simple fragmento de una realidad superior. Cualquier parte de ella contenía otra totalidad.
Yermakov llevaba meses alejando la imagen.
Cada nivel revelaba otro cielo oscuro, otra extensión y otra forma suspendida por encima de la anterior.
—¿Cuántos niveles? —preguntó Lébedeva.
—Cuarenta y tres.
—¿Dónde termina?
Yermakov contempló la pantalla.
—Terminar es una propiedad de las cosas pequeñas.
Lébedeva desconectó el sistema y llamó a una ambulancia. Yermakov permaneció tranquilo mientras los médicos lo trasladaban. Sufría deshidratación, arritmia y una infección pulmonar avanzada. En el hospital recuperó la conciencia varias veces, aunque apenas habló.
Murió tres días después.
Durante sus últimas horas, una enfermera observó que movía los labios y acercó el oído. Yermakov miraba hacia la ventana. Sobre Novosibirsk se extendía un cielo de invierno, limpio y cubierto de estrellas.
Pronunció una frase en ruso:
—Беззвёздное небо над пустыней чёрных пространств.
La enfermera la escribió fonéticamente en el informe.
Un cielo sin estrellas sobre un desierto de espacios negros.
Después Yermakov cerró los ojos.
El sistema instalado en su sótano continuó funcionando hasta que la policía desconectó la electricidad. Los discos duros fueron trasladados al instituto. Lébedeva revisó la última grabación varios meses más tarde.
Durante las primeras horas, la imagen mostraba los cuarenta y tres niveles descritos por Yermakov. Cada universo aparecía contenido dentro de una estructura mayor. Cada exterior revelaba otra forma. La secuencia parecía prolongarse hacia una escala carente de límite.
En el último fotograma, la recursión había cambiado.
Todos los niveles mostraban la misma región oscura.
En cada universo, en cada membrana y en cada fragmento de la Presencia, aparecía una pequeña deformación situada exactamente en el centro.
Lébedeva amplió la imagen.
La deformación tenía la forma de una habitación.
Dentro había seis pantallas, una cámara cubierta de escarcha y un hombre sentado frente a la reconstrucción del universo.
Detrás del hombre, ocupando el espacio donde debería haber estado la pared, se extendía un cielo sin estrellas sobre un desierto de espacios negros.


