Die Hexe
No me queda mucho tiempo, Johannes. Ambos lo sabemos. El médico habla de mis pulmones con la solemnidad de quien cree comprender a la muerte, y tú y yo hemos visto morir suficientes hombres para conocer la pobreza de esas certezas. Te he pedido que vengas porque eres el único que todavía recuerda quién era antes del tribunal, cuando creíamos que la justicia consistía en distinguir la verdad de la mentira y la tinta servía únicamente para conservarla. Durante cincuenta años fui escribano en Würzburg. Registré sentencias, confesiones, inventarios, ejecuciones y los procesos de aquellas mujeres a quienes la ciudad llamaba die Hexen. Mi mano convirtió palabras pronunciadas bajo tormento en documentos destinados a sobrevivir a quienes las pronunciaban, y con los años aprendí que una mentira adquiere una fuerza extraordinaria cuando aparece escrita con buena caligrafía y lleva debajo el sello de un juez.
En aquellos tiempos el Malleus Maleficarum y otros tratados demonológicos descansaban sobre las mesas del tribunal junto a las Escrituras y los códigos de derecho. Jueces, sacerdotes y juristas aceptaban que Satanás caminaba entre nosotros, que sus servidoras ocultaban pactos bajo la piel y que el tormento podía arrancar una verdad protegida por fuerzas infernales. Las acusadas eran desvestidas, afeitadas y examinadas en busca de lunares, verrugas, cicatrices o zonas donde la carne respondiera de manera extraña al hierro. Después llegaban las agujas, la vigilia, la cuerda y finalmente la confesión. Cada confesión traía nuevos nombres y cada nombre alimentaba otro proceso. Durante años acepté aquel orden con la serenidad de quien cree servir a Dios. Las dudas llegaron mucho después, cuando ya había visto suficientes cuerpos quebrados y suficientes palabras arrancadas por el dolor. La verdadera fractura comenzó el día en que conocí a Margaretha Weiss.
Su expediente era delgado. Tres niños muertos por una fiebre que el médico del poblado apenas comprendía, dos vacas despedazadas por lobos y una anciana que juraba haberla visto caminando por el bosque durante la noche de Santa Walpurga. Aquellas acusaciones bastaban para conducir a una mujer ante nuestros jueces. Margaretha tenía treinta y nueve años y llegó a la prisión con una serenidad que incomodó a todos desde el primer instante. Había visto mujeres suplicar, rezar, prometer tierras y acusar a familiares con tal de volver a casa. El miedo deja señales sobre el cuerpo mucho antes que cualquier instrumento: cambia la respiración, encoge los hombros, vuelve torpes las manos y obliga a los ojos a buscar una salida. Margaretha permanecía sentada sobre el banco de piedra con la espalda recta y las manos descansando sobre el regazo, observándonos con la paciencia de quien conoce el final de una conversación antes de escucharla.
La mañana del reconocimiento corporal llegaron las cuatro mujeres designadas por el tribunal. Apenas cruzaron la puerta, Margaretha se puso en pie, desató el cordón de su vestido, dobló cuidadosamente la ropa sobre el banco y comenzó a desvestirse. Cuando quedó desnuda bajo la luz gris de la ventana, miró a la mujer que sostenía las tijeras y habló con absoluta tranquilidad.
—El cabello primero. Después las cejas. Luego el resto. Así lo hacéis siempre.
Aquello pertenecía al procedimiento interno del tribunal. Las mujeres intercambiaron miradas y una de ellas se santiguó antes de comenzar. Mientras el cabello de Margaretha caía sobre las losas, la habitación empezó a enfriarse. El verano abrasaba los campos, pero nuestro aliento comenzó a condensarse delante de los rostros y mis nudillos adquirieron un color violáceo. Las cuatro mujeres prosiguieron el examen y recorrieron cada centímetro de su cuerpo tres veces, buscando una señal capaz de satisfacer las doctrinas que todos conocíamos. Al terminar habían encontrado una piel limpia de cicatrices, quemaduras, verrugas, deformidades y marcas de trabajo. A sus treinta y nueve años, Margaretha poseía el cuerpo de alguien a quien el mundo apenas hubiera rozado. Recuerdo el pensamiento que atravesó mi mente mientras volvía a vestirse: deseé encontrar una prueba. Aquel deseo marcó el instante en que mi oficio dejó de servir a la verdad y empezó a servir al miedo.
El juez Johann Dietrich ordenó la prueba de la aguja aquella misma noche. Kaspar Heller, el verdugo, pinchó brazos, hombros, espalda, muslos y plantas de los pies durante casi una hora. Cada herida produjo sangre y cada herida encontró dolor. Margaretha respiraba profundamente, cerraba los ojos durante unos instantes y soportaba el examen con una serenidad que inquietaba incluso a Kaspar. Mientras la última aguja descendía hacia su hombro, una rata salió de una grieta del muro y caminó hasta sus pies. Después apareció otra, luego otra, hasta formar un círculo alrededor del banco. Permanecían inmóviles con el hocico levantado hacia ella. Margaretha bajó la mirada, cerró lentamente los ojos y, en aquel mismo instante, todas las ratas giraron la cabeza hacia nosotros. Durante años creí que el pensamiento que tuve entonces había nacido del cansancio; aquella noche sentí que las criaturas nos contemplaban como jueces.
La mañana siguiente comenzó la vigilia. Dos guardias se relevaban para mantenerla despierta, un sacerdote acudía varias veces al día para exhortarla al arrepentimiento y un médico examinaba sus pupilas y su pulso. Yo registraba cada palabra desde una mesa junto a la puerta. Conocía bien aquel método. Al cuarto día los acusados comenzaban a confundir recuerdos; al quinto aparecían delirios; al sexto llegaban confesiones capaces de satisfacer cualquier pregunta. Margaretha atravesó los primeros días con una lucidez creciente. Cada amanecer parecía devolverle energía, mientras los guardias acumulaban ojeras y el sacerdote comenzaba a confundir los salmos.
Durante la segunda noche apareció la primera cucaracha. Al amanecer había centenares cubriendo las juntas de las piedras y las patas del banco. A media mañana comenzaron a surgir lombrices gruesas y pálidas sobre el suelo seco. Los hombres encargados de limpiar las plagas del obispado retiraron cestas enteras de insectos, quemaron azufre, vertieron vinagre hirviendo y cubrieron las grietas con cal. Una hora después el suelo volvía a moverse bajo aquella masa oscura. Los trabajadores regresaron cada día y cada día presentaban rostros más cansados, manos temblorosas y ojos hundidos. Durante una de aquellas limpiezas, Margaretha observó al mayor, que apenas conseguía mantenerse erguido, e inclinó la cabeza con una ternura casi maternal.
—Están durmiendo mal, amores.
El séptimo día llegó un visitante. Vestía de negro, llevaba el cabello gris cuidadosamente peinado sobre los hombros y caminaba con la serenidad de un hombre acostumbrado a ser recibido con respeto. El capitán de la guardia lo condujo hasta las celdas y el propio juez lo acompañó. Cuando avanzó hacia Margaretha, las cucarachas comenzaron a retirarse hacia ambos lados del corredor, abriendo delante de sus botas una franja limpia de piedra. Las lombrices se recogieron hacia los bordes como si una corriente invisible las empujara. El hombre llegó hasta el banco, tomó la mano de Margaretha y ella sonrió por primera vez desde su arresto.
—Ya casi termina tu camino. Muy pronto todos contemplarán tu inocencia.
Besó sus nudillos, hizo una reverencia y se marchó. Los insectos cerraron el corredor tras sus pasos. El décimo día, el médico declaró que cualquier cuerpo sometido durante tanto tiempo a semejante vigilia debía hallarse cerca del colapso. Margaretha permanecía erguida, lúcida y fresca. Cuando el juez preguntó cómo conseguía conservar aquella claridad, ella respondió con voz tranquila:
—Cinco días más bastarán, si todavía los necesitáis.
Johannes, acércate. Toca mi mano. Siente el frío. Cada vez que cuento esta parte ocurre lo mismo. El verano arde fuera y la escarcha empieza a dibujarse sobre el cristal. Mira mi aliento; cada palabra abandona mi boca convertida en una nube blanca. Durante cuarenta años guardé esta historia y siempre que pronuncio el nombre de Margaretha Weiss el invierno encuentra el camino hasta mí.
El undécimo día prepararon la cuerda. Las muñecas de Margaretha fueron atadas detrás de la espalda y Kaspar comenzó a elevarla mediante una polea. Antes de tensar el último nudo, ella observó sus manos y preguntó si los tres dedos fracturados años atrás seguían doliéndole durante las noches de lluvia. Kaspar quedó inmóvil. Aquel accidente pertenecía a su vida privada y muy pocas personas conocían la historia. Segundos después la cuerda comenzó a ascender. Los pies de Margaretha dejaron el suelo y el peso de su cuerpo cayó sobre los hombros. El primer chasquido resonó como una rama gruesa partiéndose desde el centro. Después llegó el segundo. Margaretha gritó, lloró y sudó como cualquier criatura sometida a semejante dolor. Cuando el médico devolvió las articulaciones a su lugar, ella levantó la cabeza y le sonrió con agotamiento.
—Gracias. Tus manos son mucho más cuidadosas que las del anterior.
Aquella tarde comenzaron a reunirse los animales. Perros de toda la ciudad ocuparon el patio formando un círculo alrededor de la prisión; los caballos se detenían frente al portón con las orejas erguidas y los cuervos cubrían los tejados desde el amanecer hasta el crepúsculo. Mientras ellos parecían obedecer un orden común, los hombres del tribunal comenzaron a deteriorarse. Kaspar acudía con las manos temblorosas, el médico perdió peso, el sacerdote confundía fragmentos de las Escrituras y varios guardias abandonaron el servicio. Yo empecé a encontrar fechas duplicadas, letras invertidas y palabras repetidas en documentos que había revisado cuidadosamente la noche anterior.
El vigésimo primer día, Johann Dietrich reunió al sacerdote, al médico, al verdugo y a mí. El expediente de Margaretha permanecía abierto sobre la mesa. El juez repasó cada hoja y después empujó el volumen hacia mí.
—Escriba la confesión.
—Excelencia, el expediente carece de confesión.
Sostuvo mi mirada durante varios segundos.
—Entonces escriba la confesión que corresponde a este proceso.
Mojé la pluma y escribí. Inventé reuniones, pactos, ceremonias y nombres. Convertí una mentira en un documento y observé al juez colocar el sello del tribunal sobre ella. Aquella tarde comprendí que una sentencia podía fabricarse con tinta mucho antes de que el fuego consumiera a la condenada.
La ejecución fue fijada para la mañana siguiente. Margaretha caminó hasta la estaca con la misma serenidad que había mostrado desde el comienzo. Kaspar ajustó las cadenas alrededor de su cintura y sus muñecas mientras el sudor descendía por su frente. El fuego comenzó en la paja, ascendió por las ramas y alcanzó finalmente los troncos. Entonces Margaretha gritó.
Su voz atravesó la plaza, recorrió Würzburg y penetró en cada casa. Los niños despertaron sobresaltados y los padres cerraron ventanas y postigos mientras aquel lamento seguía viajando por las calles. Las horas pasaron y los gritos continuaron. Hombres endurecidos por la guerra cayeron de rodillas; mujeres rezaban entre lágrimas y los soldados apartaban la vista. Kaspar arrojó sus guantes al fuego, abandonó la plaza y vomitó varias veces durante el camino hacia su casa. Aquella misma noche entregó sus herramientas y renunció al oficio.
Las campanas sonaron antes del amanecer. Los criados habían encontrado al juez muerto en su cama. Cucaráchas y lombrices brotaban de su boca mientras las ratas formaban un círculo alrededor del lecho. Los perros ocupaban el jardín, los cuervos cubrían el tejado y los caballos permanecían inmóviles junto al portón.
El sacerdote y yo acudimos entonces al lugar de la ejecución. Las cadenas seguían cerradas alrededor de la estaca y los remaches permanecían en su sitio. Entre las cenizas quedaba únicamente el recuerdo del fuego. El sacerdote descubrió las huellas: comenzaban bajo la estaca, atravesaban los carbones todavía calientes y avanzaban hacia el bosque. Las contempló durante varios minutos, dejó caer el crucifijo y caminó hacia ellas con el rostro descompuesto. Un fragmento carbonizado de madera sobresalía entre los restos de la hoguera. Su cuerpo cayó sobre él y la punta atravesó el pecho antes de que alguno de nosotros pudiera alcanzarlo.
Aquella fue la última diligencia relacionada con Margaretha Weiss. El expediente terminó archivado entre centenares de procesos y la ciudad continuó viviendo. Yo llevé conmigo aquella mentira durante cuarenta años, Johannes. Mi pecado quedó escrito con tinta, sellado por un juez y convertido en verdad para cualquiera que alguna vez abriera aquel volumen.
La respiración del anciano se hizo cada vez más lenta hasta apagarse. Johannes permaneció junto al lecho durante varios minutos y finalmente se levantó para cerrar la ventana. Al acercarse descubrió una quietud extraña en la calle. Los perros estaban sentados frente a la casa, los caballos permanecían inmóviles junto a las cercas y decenas de cuervos cubrían los tejados. Al otro lado del camino, un hombre vestido de negro levantó la vista hacia la ventana. El cabello gris caía cuidadosamente sobre sus hombros y una sonrisa serena atravesaba su rostro. Johannes reconoció al visitante descrito unas horas antes. El desconocido inclinó ligeramente la cabeza y comenzó a caminar hacia el bosque. Los perros se pusieron en pie, los caballos avanzaron detrás de él y los cuervos levantaron el vuelo formando una sola sombra sobre el cielo. Johannes contempló aquella procesión hasta que el último animal desapareció entre los árboles y comprendió que la historia de Margaretha Weiss todavía seguía caminando.



Me recordó un montón al libro de "Todo mundo sabe que tu madre es una bruja" solo que en tu relato la protagonista no tuvo tanta suerte. Genial cómo nos transportas al lugar de los hechos.