El vestidito blanco
Érase una vez, en un reino tan antiguo que sus fronteras habían cambiado de lugar más veces de las que los bardos podían recordar, una leyenda que pasaba de madres a hijas junto con las recetas del pan, las canciones de cuna y las historias que se contaban junto al fuego durante el invierno. La leyenda hablaba de un vestido mágico confeccionado siglos atrás por una costurera llamada Agneta, una mujer que jamás tomó esposo y que dedicó toda su vida a perseguir una única idea. Según contaban los ancianos, Agneta deseaba crear la obra perfecta, un vestido capaz de conceder a cualquier mujer el mayor de los tesoros: el amor de su vida. Cuando terminó aquella prenda, la costurera desapareció del mundo y dejó tras de sí una promesa que atravesó generaciones enteras. Quien vistiera aquel vestido conocería al amor de su vida antes de que el sol desapareciera tras el horizonte.
La leyenda viajó de pueblo en pueblo durante siglos. Algunas personas aseguraban que el vestido se encontraba enterrado bajo una iglesia olvidada. Otras afirmaban que descansaba en las cámaras secretas de algún castillo derrumbado. También había quienes juraban haberlo visto flotando sobre las aguas de un lago durante las noches de luna llena. La única certeza era que miles de mujeres lo habían buscado y ninguna había regresado con él. Con el paso del tiempo, la historia terminó asociándose a una vieja casa abandonada en medio del bosque, una construcción que había pertenecido a la propia Agneta. Durante generaciones, viajeros, nobles, mercaderes, princesas y campesinas registraron cada rincón de aquella vivienda. Derribaron paredes, levantaron tablones, excavaron jardines y removieron piedras. La casa terminó convertida en una ruina vacía donde parecía imposible que quedara escondido secreto alguno.
En una aldea situada junto a los molinos del río vivía Adelina, hija de un panadero. Desde niña escuchó la leyenda mientras observaba a su padre trabajar antes del amanecer. Mientras la masa crecía bajo los paños de lino y el olor del pan recién horneado llenaba la casa, ella imaginaba salones iluminados por candelabros, jardines imposibles y príncipes que llegaban desde tierras lejanas. Los años pasaron y aquellas fantasías se transformaron en una melancolía tranquila. Adelina veía cómo otras muchachas encontraban compañía, formaban familias y construían hogares mientras ella sentía que la felicidad siempre parecía caminar unos pasos por delante de su vida.
Una mañana de otoño, impulsada por una mezcla de esperanza y cansancio, Adelina decidió internarse en el bosque para visitar la casa de Agneta. El lugar era exactamente como lo describian las historias. Los techos se habían hundido, las ventanas carecían de cristales y las raíces de los árboles avanzaban por el suelo como dedos gigantescos. Durante horas recorrió habitaciones vacías donde generaciones enteras habían buscado aquello que ella deseaba encontrar. Cuando el cansancio comenzó a vencerla, entró en una habitación amplia donde permanecía un único objeto intacto: un enorme espejo de pie sostenido por un marco de madera oscura.
La superficie del espejo estaba cubierta por una capa de polvo tan gruesa que apenas reflejaba la luz. Adelina limpió el cristal con la manga de su vestido y observó la habitación. Durante unos instantes creyó que el agotamiento estaba jugando con sus ojos. El reflejo mostraba una puerta de madera que no existía en ninguna pared de la estancia. Adelina volvió la cabeza. Frente a ella solo había piedra envejecida. Sin embargo, al regresar la mirada al espejo, la puerta seguía allí, sólida y perfectamente visible.
La curiosidad pudo más que la prudencia. Adelina comenzó a caminar guiándose únicamente por el reflejo. Cada paso la acercaba a aquella puerta imposible. Cuando llegó al lugar donde el espejo indicaba que debía encontrarse, extendió la mano. Sus dedos tocaron una manija fría que sus ojos no podían ver. Un estremecimiento recorrió su espalda. La madera surgió lentamente frente a ella como si hubiera permanecido oculta detrás de la realidad misma. Adelina giró la manija y abrió la puerta.
Al otro lado encontró una habitación pequeña, limpia y silenciosa. El tiempo parecía haberse detenido allí siglos atrás. En el centro de la estancia descansaba un maniquí cubierto por una tela blanca. Adelina retiró la tela y contempló el vestido.
Adelina permaneció largo rato contemplando el vestido. La tela parecía demasiado delicada para haber sobrevivido siglos encerrada en aquella habitación. Ninguna costura mostraba desgaste y ningún hilo sobresalía de los bordes. Durante unos momentos pensó en llevárselo a la aldea y probárselo allí, rodeada de la seguridad de su hogar, pero la idea le provocó una sonrisa. Había recorrido medio reino persiguiendo una leyenda, había atravesado el bosque, había encontrado la casa de Agneta y había abierto una puerta que solo existía en el reflejo de un espejo. Su curiosidad ya había llegado demasiado lejos para detenerse entonces.
Con cierta torpeza se quitó la ropa y tomó el vestido entre las manos. A primera vista parecía pequeño. Adelina sostuvo la tela frente a sí y estuvo convencida de que jamás lograría entrar en él. Aun así, deslizó un brazo, luego el otro, y sintió cómo la prenda descendía suavemente sobre sus hombros. La cintura encontró su lugar. Las mangas cayeron exactamente donde debían. Cada pliegue se acomodó sobre su cuerpo con una precisión imposible. La sensación resultaba extraña, como si el vestido hubiera esperado durante siglos a una única persona.
Cuando levantó la mirada hacia el espejo, el reflejo la dejó sin aliento. El vestido le quedaba perfecto. Aquella perfección poseía algo inquietante, algo que iba más allá de la habilidad de cualquier costurera. Adelina tuvo la impresión de estar observando una versión de sí misma que había existido mucho antes de su nacimiento. Durante unos instantes olvidó la habitación, la casa abandonada y el bosque que la rodeaba. Solo existía aquella imagen inmóvil dentro del cristal.
Cuando abandonó la casa de Agneta, Adelina sintió que el bosque parecía diferente. Los colores parecían más vivos, el viento más cálido y el camino más corto de lo que recordaba. Cerca del viejo puente de piedra encontró a un joven que intentaba reparar la rueda de una carreta. Años después ninguno de los dos lograría explicar por qué comenzaron a hablar ni por qué aquella conversación se prolongó hasta la caída del sol. Lo único que ambos recordarían con claridad era la sensación de haber llegado tarde a una cita que llevaba toda la vida esperándolos.
Los meses siguientes fueron los más felices de la vida de Adelina. Gabriel parecía poseer una extraña facilidad para aparecer exactamente cuando ella lo necesitaba. Si el techo de la panadería sufría una gotera, él llegaba aquella misma mañana con herramientas prestadas por algún vecino. Si el horno dejaba de funcionar, conocía a alguien capaz de repararlo. Si el invierno amenazaba con arruinar las cosechas, encontraba la manera de conseguir harina suficiente para toda la temporada. Con el paso de los meses, los habitantes de la aldea comenzaron a repetir que la fortuna caminaba de la mano de aquel joven.
La boda se celebró antes de que terminara el año. Adelina vistió el vestido de Agneta y los vecinos aseguraron que jamás habían contemplado una novia tan hermosa. Las campanas sonaron desde el amanecer hasta el anochecer y durante varios días la felicidad pareció extenderse por la aldea como el aroma del pan recién horneado.
Una tarde, mientras ayudaba a ordenar el mercado, Adelina escuchó a una anciana mencionar el nombre de una muchacha llamada Beatriz. La mujer afirmó que Beatriz había pasado años enamorada de Gabriel y que incluso existieron rumores de matrimonio entre ambos. Adelina sintió una punzada de celos tan pequeña que apenas merecía atención. Aquella noche preguntó a Gabriel por la joven y él respondió con una sonrisa tranquila que jamás había conocido a nadie con ese nombre.
A la mañana siguiente la anciana apareció muerta en su cama. El médico habló de la edad. El sacerdote habló de la voluntad divina. La aldea habló del paso inevitable del tiempo. Adelina intentó recordar el nombre de la muchacha mencionada en el mercado y descubrió algo extraño. El recuerdo parecía resbalar entre sus pensamientos como agua entre los dedos.
Los meses continuaron avanzando. Una tarde, mientras ordenaba viejos papeles y cuentas acumuladas en la panadería, Adelina encontró una hoja de pergamino doblada entre varios registros de harina. Sobre ella había un dibujo realizado con carbón. El trazo era sencillo pero detallado. Representaba a Gabriel sentado bajo un árbol junto a una mujer desconocida. Ambos aparecían sonriendo y alguien había dedicado tiempo y cariño a capturar aquel momento. Adelina observó la imagen durante varios minutos. La cercanía entre las dos figuras despertó una inquietud difícil de explicar. Guardó el dibujo entre las páginas de un libro y decidió mostrárselo a Gabriel aquella misma noche.
Cuando llegó el momento de la cena, abrió el libro y extrajo el pergamino. Gabriel seguía sentado bajo el árbol. La mujer había desaparecido. El espacio donde antes había estado ocupada mostraba únicamente hierba dibujada con trazos de carbón. Adelina revisó ambos lados del pergamino convencida de haber tomado una hoja equivocada. Incluso buscó restos de tinta borrada o señales de raspado sobre la superficie. No encontró nada. El dibujo parecía haber sido creado de aquella forma desde el principio. Gabriel observó la imagen con curiosidad y comentó que jamás había visto aquel dibujo. Adelina sonrió, guardó el pergamino y continuó la cena. Sin embargo, durante toda la noche permaneció despierta recordando con absoluta claridad el rostro de una mujer que ya no existía sobre el papel.
Durante los meses siguientes ocurrieron sucesos similares. Cada vez que una historia relacionada con Gabriel amenazaba con despertar dudas o preguntas, el mundo parecía corregirse a sí mismo. Los recuerdos cambiaban. Los documentos desaparecían. Las personas olvidaban. Algunas enfermaban. Otras sufrían accidentes. Otras simplemente dejaban de existir dentro de la memoria colectiva de la aldea.
Al principio Adelina buscó explicaciones razonables. Después comenzó a reunir pruebas. Guardó cartas, dibujos, nombres y fechas en una caja escondida bajo el suelo de su dormitorio. Cada nuevo descubrimiento resultaba más perturbador que el anterior. Cada respuesta parecía exigir un precio que alguien terminaba pagando.
Aquella noche Adelina decidió comenzar un diario. La idea surgió por miedo. Los recuerdos relacionados con la anciana del mercado y con el extraño dibujo comenzaban a escaparse de su mente con una facilidad alarmante. Conservaba la certeza de que algo importante había ocurrido, pero los detalles se deshacían cada vez que intentaba atraparlos. Tomó una pluma, abrió un cuaderno nuevo y escribió todo lo que recordaba. Escribió el nombre de la muchacha. Escribió la conversación. Escribió el dibujo. Escribió incluso la sensación de inquietud que la acompañaba desde hacía meses. Cuando terminó cerró el diario y lo guardó bajo una tabla suelta del dormitorio.
A la mañana siguiente abrió el cuaderno con la esperanza de encontrar allí lo que su memoria comenzaba a perder. Las páginas seguían intactas. Su letra seguía allí. Las fechas seguían allí. Sin embargo, cada vez que llegaba al nombre de la muchacha encontraba un espacio vacío. Las frases parecían construidas alrededor de una ausencia. Adelina recorrió las líneas una y otra vez convencida de que estaba pasando algo imposible. Recordaba haber escrito un nombre. Recordaba haberlo visto varias veces sobre el papel. Incluso recordaba la forma de las letras. Sin embargo, cada intento por reconstruirlo terminaba deshaciéndose en su mente como niebla bajo el sol.
Los días siguientes estuvieron dominados por una sensación extraña. El nombre desaparecía. El rostro desaparecía. Incluso la razón de su preocupación comenzaba a volverse confusa. Solo permanecía una certeza irracional que se negaba a abandonarla. En algún lugar existía una respuesta. No sabía exactamente qué estaba buscando, pero algo dentro de ella insistía en que debía encontrarlo antes de olvidarlo para siempre.
La corazonada terminó llevándola a una pequeña aldea situada varias horas al norte. Adelina jamás había visitado aquel lugar y tampoco lograba explicar por qué estaba convencida de que debía viajar hasta allí. Recorrió senderos embarrados y bosques silenciosos hasta llegar poco antes del anochecer. Sus pasos la condujeron directamente al cementerio de la aldea, como si alguien estuviera guiándola desde un lugar que no alcanzaba a comprender.
Entre las lápidas encontró una tumba cubierta por musgo. Algo en ella llamó su atención de inmediato. Se arrodilló y apartó la vegetación con las manos. El nombre grabado sobre la piedra provocó en su interior una sacudida tan intensa que durante unos segundos perdió el aliento. Lo conocía. Estaba segura de conocerlo. Aquel era el nombre que se escapaba de su diario. Aquel era el nombre que desaparecía cada vez que intentaba recordarlo.
La fecha de la muerte resultó todavía más inquietante. La muchacha había muerto el mismo día en que Adelina encontró el vestido de Agneta.
Mientras permanecía inmóvil frente a la lápida, una anciana se acercó lentamente por el sendero del cementerio. La mujer observó la tumba durante varios segundos antes de mirar a Adelina. Sus ojos se llenaron de lágrimas de forma inmediata, como si hubiera esperado durante años encontrar a alguien dispuesto a escucharla.
La conversación con la anciana se prolongó mucho más de lo que Adelina había imaginado. Cuando abandonó el cementerio, la oscuridad ya cubría la aldea y las ventanas comenzaban a encenderse una por una. El camino de regreso resultaba demasiado largo para emprenderlo de noche, así que alquiló una pequeña habitación en la taberna local. Antes de acostarse abrió su diario y escribió apresuradamente todo lo que había descubierto. Escribió acerca de la tumba. Escribió acerca de la muchacha. Escribió acerca de Gabriel. Escribió incluso el miedo que comenzaba a crecer dentro de ella. Después cerró el cuaderno, lo colocó bajo la almohada y se quedó dormida.
A la mañana siguiente despertó con una sensación extraña. Durante unos instantes permaneció inmóvil observando el techo de la habitación, intentando recordar por qué se encontraba allí. Sabía que había viajado hasta aquella aldea por una razón importante. Sabía que había encontrado algo que la había perturbado profundamente. Sin embargo, cuanto más intentaba recordar, más difuso se volvía todo. Lo único que conservaba con cierta claridad era la imagen de un cementerio.
Tomó el diario y comenzó a revisar las páginas escritas la noche anterior. Encontró fechas, observaciones, pensamientos dispersos y fragmentos de ideas que ya no lograba comprender. Allí donde esperaba encontrar respuestas solo encontró espacios vacíos y frases incompletas. Ninguna línea explicaba por qué había recorrido tantas horas de camino para llegar hasta aquella aldea. Ninguna línea mencionaba el descubrimiento que recordaba haber hecho. El diario parecía el registro de una preocupación que ya no tenía forma.
Impulsada por la inquietud, regresó al cementerio. Recorrió los senderos entre las lápidas una y otra vez. Observó cada rincón con atención. Algo en aquel lugar le resultaba familiar, como si hubiera pasado horas allí el día anterior, pero no conseguía recordar qué estaba buscando. La tumba que había provocado su viaje parecía haberse desvanecido. El terreno mostraba únicamente hierba húmeda y antiguas lápidas cubiertas por musgo. Después de una larga búsqueda terminó abandonando el lugar con una sensación de frustración difícil de explicar.
Mientras regresaba hacia la plaza principal de la aldea, una anciana sentada frente a una pequeña casa llamó su atención. Adelina redujo el paso sin comprender por qué. El rostro de aquella mujer le parecía extrañamente familiar. Tuvo la impresión de haber hablado con ella recientemente, de haber escuchado su voz durante horas, de haber compartido algo importante. La sensación desaparecía cada vez que intentaba atraparla.
La anciana levantó la vista y sonrió al verla acercarse. Sus ojos mostraban una ternura inmediata, casi maternal. Durante unos segundos observó a Adelina en silencio y después le dijo que era una muchacha muy hermosa. La sinceridad de aquellas palabras provocó una extraña tristeza en su expresión.
La mujer permaneció callada un momento antes de continuar. Le confesó que siempre había deseado tener una hija. Le contó que durante años imaginó cómo habría sido verla crecer, escuchar sus historias o acompañarla durante su juventud. Después sonrió con una melancolía tranquila y añadió que la vida jamás le había concedido hijos.
Adelina sintió un escalofrío , no supo explicar el motivo. Permaneció allí unos segundos más intercambiando palabras amables antes de despedirse. Mientras abandonaba la aldea tuvo la incómoda sensación de haber perdido algo importante. La respuesta parecía encontrarse justo delante de ella y, sin embargo, cada vez que intentaba verla, el recuerdo se alejaba un poco más.
Durante varios días Adelina intentó convencerse de que todo tenía una explicación. Se obligó a permanecer en casa, a concentrarse en la panadería, en Gabriel y en las pequeñas tareas de cada jornada. Sin embargo, la sensación de haber olvidado algo importante regresaba una y otra vez. Entonces recordó el espejo. Recordó la casa de Agneta. Recordó la puerta que solo había existido en el reflejo. Y recordó algo aún más inquietante: jamás había vuelto a mirarse en aquel espejo después de encontrar el vestido.
Una mañana tomó el vestido, lo envolvió cuidadosamente y regresó sola al bosque. La casa seguía allí, hundiéndose lentamente entre raíces, musgo y años de abandono. Encontró la habitación donde había aparecido el espejo y sintió un escalofrío al descubrir que seguía exactamente en el mismo lugar. El cristal permanecía intacto, el polvo cubría la superficie y nada parecía haber cambiado desde el día en que encontró el vestido.
Adelina se vistió allí mismo. La tela volvió a ajustarse a su cuerpo con aquella perfección imposible que tanto la había maravillado la primera vez. Durante unos segundos permaneció inmóvil observando su reflejo. El espejo devolvió la imagen de la habitación. La pared situada detrás de ella parecía idéntica a las demás, excepto por una piedra ligeramente desplazada que no existía fuera del reflejo. Adelina tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo. Después se acercó lentamente y buscó la piedra con las manos.
La piedra cedió con facilidad y reveló un pequeño compartimento oculto. En su interior descansaba un cuaderno envuelto en tela oscura. El cuero estaba agrietado por el paso del tiempo y las páginas amarillentas amenazaban con deshacerse al tacto. En la primera hoja aparecía un único nombre escrito con una caligrafía elegante: Agneta.
Adelina comenzó a leer. Las primeras páginas relataban la vida de una mujer sola. Hablaban de inviernos interminables, de bodas ajenas observadas desde la distancia y de una tristeza que crecía con los años. Las páginas siguientes hablaban de una promesa, de una voz encontrada en medio de una noche sin luna y de una oferta imposible de rechazar para alguien que había pasado la vida entera deseando ser amada. Agneta describía cómo entregó su alma a cambio de crear un vestido perfecto, un vestido capaz de conceder a cualquier mujer el amor de su vida.
Durante años llamé bendición a aquello que estaba ocurriendo. La hija del molinero murió durante una tormenta pocas semanas después de que conociera al hombre que amaba. Él había prometido casarse con ella antes de conocerme. Recuerdo haber llorado durante el funeral junto a toda la aldea. Recuerdo haber sentido tristeza al contemplar el dolor de su familia. También recuerdo algo que me avergüenza escribir incluso ahora. Recuerdo haber sentido alivio.
Aquel fue el principio.
Tiempo después apareció una viuda llegada del norte. Mi amado la visitaba cada primavera para comprar lana y durante meses compartí conversaciones, comidas y tardes enteras junto a ella. Era amable. Era inteligente. Era una buena mujer. Una mañana abandonó el reino sin despedirse de nadie. Nadie volvió a verla. Con el paso de los años descubrí algo todavía más extraño. Las personas que la habían conocido comenzaron a olvidar su rostro. Después olvidaron su voz. Más tarde olvidaron incluso haber hablado alguna vez de ella.
Durante mucho tiempo observé aquellas desgracias sin atreverme a unirlas. Sin embargo, las coincidencias comenzaron a acumularse de una forma imposible de ignorar. Un hermano desapareció durante un viaje. Un amigo enfermó sin motivo aparente. Una familia entera abandonó la región. Los recuerdos comenzaron a deformarse. Las historias comenzaron a cambiar. Los nombres comenzaron a desaparecer de cartas, canciones y conversaciones. Mientras todo aquello ocurría, yo seguía siendo feliz.
Cada año era más feliz que el anterior.
Y cada año el mundo parecía más pequeño.
Una noche desperté junto al hombre que amaba y comprendí algo que me llenó de horror. Ya no quedaba nadie capaz de contar una versión distinta de nuestra historia. Ya no quedaba nadie capaz de recordar quién había sido él antes de mí. Las personas que podrían haberlo amado habían desaparecido. Las personas que podrían haber ocupado mi lugar habían desaparecido. Las personas que conservaban recuerdos incómodos también habían desaparecido. La felicidad que tanto había deseado descansaba sobre una montaña de ausencias.
Aquella noche comprendí qué había comprado realmente.
Jamás recibí al hombre perfecto. Recibí un mundo mutilado hasta que él pareció perfecto.
Desde entonces cada beso tuvo sabor a ceniza. Cada caricia me recordó el precio. Cada sonrisa me recordó a los muertos. Cada momento de felicidad me hizo preguntarme quién estaba pagando por él.
Si estás leyendo estas palabras, entonces ya encontraste el vestido. Si todavía crees que has recibido una bendición, deja de leer y huye de esta casa. Si ya comenzaste a sospechar la verdad, corre mientras todavía recuerdas quién eres. Yo también creí que tendría tiempo. Yo también creí que sería diferente. Yo también creí que el amor justificaba cualquier precio.
Ahora conozco el verdadero nombre de esta maldición.
Tiene hambre.
Y jamás queda satisfecha.
Adelina sintió que las manos comenzaban a temblarle mientras avanzaba hacia las últimas páginas. La última entrada ocupaba apenas unas pocas líneas. Agneta escribía que había intentado destruir el vestido. Escribía que lo había arrojado al fuego, enterrado bajo tierra y lanzado a las aguas profundas. Escribía que siempre regresaba. Después aparecía una advertencia escrita con tanta fuerza que la punta de la pluma había atravesado el papel en varios lugares.
“Maldito sea este vestido. Maldito sea el ser que escuchó mi deseo. Maldito sea el amor que me entregó. Lo que me ocurrió a mí ocurrirá a todas las que lo encuentren. Lo que ocurrió a las que vinieron antes ocurrirá a las que vengan después. El vestido permanecerá. La puerta permanecerá. El espejo permanecerá. Y este ciclo continuará mientras existan corazones capaces de desear aquello que yo deseé.”
Durante largo rato Adelina permaneció sentada en el suelo incapaz de moverse. Finalmente cerró el diario y observó el vestido. Por primera vez no vio belleza, ni elegancia, ni la promesa de una vida feliz. Solo vio una trampa. Intentó quemarlo en la vieja chimenea de la casa y observó cómo las llamas envolvían la tela durante largos minutos. Cuando el fuego murió, el vestido seguía intacto. Intentó rasgarlo con las manos hasta que la piel de sus dedos se abrió y comenzó a sangrar. La tela no cedió. Intentó cortarlo con un cuchillo y la hoja terminó mellada.
El miedo terminó por derrotarla. Comprendió que no podía destruirlo y que cada intento solo prolongaba una lucha imposible. Regresó una vez más a la casa de Agneta, caminó hasta la habitación oculta y colocó cuidadosamente el vestido sobre el maniquí. Después dejó el diario junto a la pared, cerró la puerta y permaneció inmóvil durante unos segundos observando la oscuridad de la estancia.
Pensó en Beatriz, en la anciana que había olvidado a su propia hija y en todas las personas cuyos nombres habían sido arrancados del mundo para sostener una felicidad construida sobre el sufrimiento ajeno. Entonces pensó en Gabriel.
Durante semanas había intentado encontrar algún rastro de maldad en él. Había intentado convencerse de que formaba parte de la mentira. Había intentado verlo como un cómplice de todo aquello. Sin embargo, mientras permanecía sola en aquella habitación, comprendió algo todavía más cruel.
Gabriel jamás había elegido nada. Gabriel jamás había pedido nada.Gabriel jamás había sabido nada.
El vestido había deformado el mundo entero a su alrededor del mismo modo que lo había deformado alrededor de ella. Había borrado nombres, recuerdos, familias y futuros para conducirlos hasta el mismo punto. Había convertido vidas enteras en sacrificios invisibles para fabricar una historia de amor perfecta.
Por primera vez comprendió que Gabriel también era una víctima.
Una víctima feliz.
Una víctima que jamás conocería la verdad.
Una víctima que continuaría viviendo dentro de una historia construida con los restos de otras vidas.
Aquella certeza resultó más dolorosa que cualquier otra revelación. El horror habría sido más fácil de soportar si hubiera encontrado un monstruo. El horror habría sido más sencillo si hubiera descubierto una mentira. En lugar de eso había encontrado a un hombre bueno, amable y sincero, un hombre que habría amado de cualquier forma y que jamás sabría cuántas personas habían desaparecido para que ese amor pareciera inevitable.
Cuando finalmente abandonó la vivienda, las lágrimas corrían libremente por su rostro.
La lluvia había comenzado a caer sobre el bosque. Adelina descendió por el sendero intentando contener el llanto mientras el peso de la verdad se hundía cada vez más en su pecho. Sus pensamientos giraban alrededor de todas aquellas vidas borradas para que ella pudiera conocer a Gabriel. El camino estaba resbaladizo y cubierto por hojas mojadas. En un descuido apoyó el pie sobre una raíz húmeda. El cuerpo perdió el equilibrio de forma instantánea y la caída apenas duró unos segundos. Su cabeza golpeó una roca oculta entre las hojas y el bosque volvió a quedar en silencio.
Pasaron los días. Después pasaron las semanas. Después llegaron las estaciones. La lluvia cayó sobre el sendero. Los animales recorrieron el bosque. Las raíces crecieron. Las hojas cubrieron la tierra. Cuando la siguiente muchacha encontró la casa de Agneta, ya no quedaba ningún rastro de Adelina. Del mismo modo que no había quedado rastro de Beatriz. Del mismo modo que no había quedado rastro de las otras.
Sobre el maniquí descansaba el vestido. El espejo aguardaba en silencio. Detrás de la piedra suelta, el diario esperaba una nueva lectora. Y el vestido, paciente como todas las cosas hambrientas, esperaba un nuevo deseo.
Y la leyenda seguía viajando de madres a hijas junto con las recetas del pan, las canciones de cuna y las historias que se contaban junto al fuego durante el invierno.



¡Me ha encantado! 😱👏🏻
Pero tío ¿cómo se te ocurren estas cosas? Es que estoy alucinando. Ay me ha encantado, es una historia muy chula la verdad. Y macabra. Pobrecilla...
Maldito vestidito blanco. Aunque yo seguro que habría caído en la trampa 🙄🙄 soy así de pava. ¿Es algún tipo de leyenda o te lo has inventado todo?
¡No sabes cuánto había esperado para volver a leerte y cuánto he disfrutado tu relato!
Decidí leer tus historias de manera tranquila, quería disfrutarlas a pesar de mis ansias por leerlas de corrido. Y es que no sólo las disfruto demasiado, sino que son mi escape y alivio. (Además de que quería darles el espacio y tiempo que se merecen).
Así que hoy elevé una oración a los dioses esperando que no llegaran muchos clientes aquí a la cafetería en la que trabajo, y en cuanto vi que escucharon mis ruegos, me senté en mi cubeta favorita (no tenemos sillas), me acomodé y me perdí en un bosque, me vi en un espejo, me casé y me aterroricé al descubrir la verdad de mi realidad. ¡Gracias por tanto!
Adoro cómo envuelves todo a mi alrededor y de pronto ya no estoy picando verdura para las ensaladas o rellenando el bote de queso para los baguettes, sino que estoy ahí, en ese mundo que tan hermosamente tejes. Estoy lejos del dolor que la fibromialgia me provoca, y por unos minutos, tus palabras me vuelven libre.
De corazón gracias, gracias, gracias y te lo ruego, no dejes de escribir.
(*** ¡Amo que tu relato sea tan redondo! Sentí que leía un cuento clásico, de esos que ya no se ven***)