Rýggenholz
El tren
Desde el asiento del tren, Rhea observaba cómo los bosques se deslizaban al otro lado de la ventana. La tarde comenzaba a oscurecer y una niebla gris cubría los árboles más cercanos a las vías. Su madre solía decir que los bosques alemanes eran distintos a todos los demás, que parecían guardar recuerdos propios. Cuando era niña, Rhea creía que aquello era una exageración poética. Ahora, mientras contemplaba aquellas masas oscuras de abetos y hayas perdiéndose en el horizonte, comenzaba a sospechar que su madre había hablado con absoluta sinceridad.
Apretó entre las manos el vaso de café que había comprado en una estación anterior. El calor apenas lograba atravesar el cartón. Era un frío distinto al que conocía. Más silencioso. Más paciente. Un frío que parecía esperar.
Sobre la pequeña mesa frente a ella descansaban la vieja biblia de su madre, una libreta de apuntes y un sobre amarillento que había cambiado el rumbo de su vida apenas tres semanas atrás.
Todavía le costaba pensar en el funeral. Todavía le costaba aceptar que su madre había muerto. Había sido una mujer profundamente religiosa. Rezaba cada noche. Ayudaba en un hospicio para ancianos. Conservaba imágenes de santos por toda la casa. Durante años, Rhea había pensado que su madre era una de las personas más bondadosas que había conocido.
Y sin embargo, después de su muerte, había encontrado aquel sobre escondido detrás de una fila de libros. Dentro había una llave antigua, una dirección y una breve nota.
“Si alguna vez decides regresar, la casa seguirá esperándote.”
Nada más. Sin explicación. Sin despedida. Sin contexto. Como si su madre hubiera pasado treinta años preparándose para escribir una sola frase.
Rhea sacó la nota una vez más y la observó. Había leído aquellas palabras tantas veces durante las últimas semanas que podía recitarlas de memoria.
Una voz masculina la sacó de sus pensamientos.
—No eres de acá.
Levantó la vista.
Un hombre de unos cincuenta años la observaba desde el asiento contiguo. Tenía el cabello gris, una barba corta cuidadosamente recortada y el aspecto tranquilo de alguien que llevaba toda la vida viviendo en pueblos pequeños.
Rhea sonrió.
—¿Tan evidente es?
—Un poco.
—Déjame adivinar. Mi alemán me delató.
—Eso ayudó bastante.
Ella soltó una pequeña risa.
El hombre extendió la mano.
—Matthias Keller.
—Rhea Adler.
El cambio fue tan sutil que cualquier otra persona probablemente no lo habría notado. Pero ella sí. La sonrisa permaneció en el rostro de Matthias, aunque algo se tensó detrás de sus ojos.
—Mucho gusto —dijo.
—Igualmente.
Durante varios minutos hablaron de cosas simples. Del clima, del invierno particularmente duro que había tenido la región y de los retrasos constantes de los trenes alemanes, que según Matthias eran motivo de vergüenza nacional.
La conversación avanzó con naturalidad hasta que él preguntó qué la llevaba a una zona tan poco turística.
Rhea bajó la vista hacia el sobre.
—Mi madre nació cerca de aquí.
—¿Ah sí?
—Sí. Falleció hace unas semanas.
La expresión de Matthias se suavizó.
—Lo siento mucho.
—Gracias.
—¿Y estás visitando a la familia?
—No exactamente. Mi madre nunca hablaba demasiado de este lugar. De hecho, casi no hablaba de su infancia. Después de su muerte encontré una llave y una dirección. Al parecer todavía conservaba una casa en la región.
El hombre guardó silencio.
—¿En qué pueblo?
—Rýggenholz.
El silencio se prolongó un segundo más de lo normal. Luego otro. Rhea percibió algo extraño que no era miedo ni sorpresa.
Reconocimiento.
—¿Lo conoces?
Matthias observó por la ventana antes de responder.
—Sí.
—¿Es muy pequeño?
—Mucho.
—Entonces tal vez conociste a mi madre.
La respuesta llegó después de varios segundos.
—¿Cómo se llamaba?
—Helena Adler.
Aquella vez el cambio fue imposible de ocultar. Matthias parpadeó. La mano con la que sostenía el apoyabrazos se tensó ligeramente. Durante un instante pareció haberse olvidado por completo de dónde estaba.
—¿Matthias?
El hombre volvió a la realidad.
—Sí.
—¿La conocías?
—Hace mucho tiempo.
—¿Eran amigos?
La pregunta pareció incomodarlo.
—Algo más, hubo una época en que pensé que nunca se iría.
Rhea sonrió.
—Eso no sonó muy convincente.
—Porque los pueblos pequeños vuelven complicadas las historias simples.
Ella rio. Matthias no.
Volvió a mirar el bosque y parecía verdaderamente preocupado.
Para aliviar la tensión, Rhea comenzó a hablar de su trabajo. Le explicó que era fotógrafa y que dedicaba buena parte de su tiempo a documentar tradiciones rurales, iglesias antiguas, cementerios olvidados y leyendas locales. Matthias escuchaba con atención, aunque en ocasiones parecía distraído por pensamientos propios.
Cuando el tren tomó una curva cerrada, el movimiento hizo que la manga del abrigo de Rhea se desplazara unos centímetros. Fue apenas un instante, aunque resultó suficiente. La marca quedó expuesta: una pequeña espiral oscura cerca de la clavícula, atravesada por tres líneas irregulares.
Matthias la vio.
Y el color abandonó lentamente su rostro.
—¿Qué ocurre?
El hombre señaló la marca.
—¿Eso qué es?
Rhea bajó la mirada.
—¿Esto?
Se apartó el cuello del abrigo.
—Una marca de nacimiento.
—¿La has tenido siempre?
—Desde que tengo memoria.
—¿Siempre?
—Eso decía mi madre.
Sonrió.
—Supongo que vine al mundo con defectos de fábrica.
Pero Matthias no sonrió. Porque treinta años atrás había visto exactamente la misma marca sobre la piel de Helena Adler. La recordaba perfectamente. Había besado aquella marca una noche de verano. Había apoyado la cabeza sobre ella mientras escuchaba latir el corazón de la mujer que creyó que algún día sería su esposa. También recordaba el miedo que Helena sintió cuando descubrió que estaba embarazada, un miedo que nunca quiso explicar.
Rhea no notó nada de aquello y continuó hablando de fotografías y viajes mientras observaba el paisaje. Sin embargo, Matthias apenas escuchaba. Porque de repente comprendía que la llegada de Helena a Rýggenholz treinta años atrás nunca había sido una huida.
Había sido una pausa.
Y ahora, sentada a menos de un metro de él, viajaba la razón por la que Helena jamás había regresado.
Cuando el tren comenzó a reducir la velocidad y las primeras señales de la estación aparecieron entre la niebla, Matthias Keller sintió algo que no había experimentado en más de veinte años: auténtico miedo.
El pueblo
Cuando el tren se detuvo, el cielo ya comenzaba a oscurecer.
La estación de Rýggenholz era poco más que un edificio de ladrillo envejecido y un andén cubierto por una fina capa de humedad. No había vendedores, ni anuncios luminosos, ni el ruido constante de las ciudades. Solo el sonido del viento recorriendo los árboles más cercanos.
Rhea descendió con su mochila y la cámara colgada al hombro. El frío la golpeó de inmediato.
—Pensé que exageraban con el invierno alemán —dijo mientras acomodaba la bufanda.
—Y esto todavía no es invierno de verdad —respondió Matthias.
Ella decidió no preguntar qué consideraba él un invierno de verdad.
Caminaron juntos por un sendero estrecho que conectaba la estación con el pueblo. A medida que avanzaban, las primeras casas comenzaron a aparecer entre la niebla. Eran construcciones antiguas, de madera oscura y techos inclinados. Muchas parecían más viejas de lo que deberían seguir siendo.
Rhea levantó la cámara varias veces.
Aquella clase de lugares era exactamente la razón por la que había comenzado a viajar.
Los pueblos olvidados siempre guardaban historias.
A veces también guardaban secretos.
—No hay muchos turistas por aquí, ¿verdad?
—Ninguno que esté en su sano juicio.
—Eso suena prometedor.
—Eso depende de qué estés buscando.
La respuesta la hizo sonreír.
Continuaron caminando hasta llegar a la plaza principal. Era pequeña. Apenas una fuente de piedra, una panadería, una iglesia y algunas tiendas dispersas.
Lo primero que llamó la atención de Rhea fueron las decoraciones, las ramas secas colgaban sobre varias puertas. Pequeñas espirales de madera aparecían clavadas en ventanas y marcos.
Algunas casas tenían símbolos pintados con cal blanca.
—¿Hay alguna fiesta local?
Matthias tardó unos segundos en responder.
—Algo así.
—¿Qué celebran?
—El solsticio.
—Pensé que los alemanes decoraban más para Navidad.
—En Rýggenholz algunas tradiciones son más antiguas.
Rhea fotografió una de las espirales.
Por alguna razón le resultaba familiar.
No sabía por qué.
La iglesia apareció al final de la calle principal.
Era pequeña y hermosa.
Su campanario se elevaba por encima de los tejados como una aguja de piedra gris.
—¿Puedo entrar?
—Claro.
Rhea empujó la puerta y el interior la recibió con el aroma familiar del incienso antiguo mezclado con madera húmeda. Caminó lentamente entre los bancos mientras la luz filtrada por los vitrales teñía el suelo de colores apagados. Se persignó, encendió una vela y permaneció algunos instantes en silencio frente al altar. Pensó en Helena. Pensó en las veces que su madre la había llevado a misa cuando era niña y en la tranquilidad que siempre parecía encontrar entre aquellas paredes. Sobre todo, pensó en cuánto la extrañaba.
Cuando salió nuevamente, encontró a Matthias observándola desde la entrada. Algo en su expresión parecía haberse relajado, como si hubiera confirmado una sospecha que llevaba tiempo guardando o como si necesitara verla rezar para convencerse de algo. Sin decir nada, continuaron caminando hacia la panadería. Fue entonces cuando ocurrió. Una fotografía antigua colgaba en la pared exterior del edificio, una imagen del pueblo tomada varias décadas atrás. Rhea se acercó por simple curiosidad.
—Es ella.
Matthias no necesitó preguntar quién.
En la fotografía aparecía una muchacha de unos veinte años.
Cabello oscuro.
Sonrisa tranquila.
Los mismos ojos de Rhea.
Helena Adler.
Y a su lado estaba Matthias.
Mucho más joven.
Mucho más feliz.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Eras tú.
—Sí.
—Mi madre nunca me habló de ti.
—Tu madre nunca hablaba mucho de su pasado.
Rhea observó la fotografía.
Luego observó a Matthias.
Después volvió a mirar la fotografía.
Había algo extraño.
Algo que no terminaba de encajar.
—Se veían muy cercanos.
Matthias sostuvo la mirada unos segundos.
—Tu madre era de esas personas que te hacían hacer planes para el futuro.
Rhea bajó nuevamente la vista hacia la fotografía.
—¿Y qué pasó?
El hombre observó la niebla que comenzaba a cubrir la plaza.
—Un día se fue.
Y no dijo nada más.
La casa
La casa se encontraba al final de un camino estrecho que abandonaba Rýggenholz y se internaba en el bosque. Los últimos tejados del pueblo desaparecieron detrás de los árboles mientras Rhea avanzaba con la mochila al hombro. La niebla comenzaba a descender entre los troncos y el frío se acumulaba sobre la tierra húmeda.
La vivienda apareció entre las ramas como un recuerdo conservado durante demasiado tiempo. Las paredes blancas seguían en pie. Las vigas oscuras sostenían la estructura con una firmeza obstinada. Algunas enredaderas secas trepaban por una de las fachadas y el musgo había reclamado parte del tejado. El jardín permanecía dormido bajo la estación, aunque todavía conservaba la forma de haber sido cuidado con dedicación.
Rhea permaneció inmóvil observándola. Durante años había escuchado a su madrehablar de Alemania como quien recuerda una vida anterior. Había mencionado bosques, iglesias, inviernos interminables y campanas que sonaban al amanecer. La casa jamás apareció en aquellas conversaciones.
—Mi madre se llevó este lugar a la tumba —dijo.
Matthias contempló la fachada.
—Helena se llevó muchas cosas.
Rhea giró hacia él. Aquella frase contenía una historia completa, una historia que todavía desconocía.
Sacó la llave del bolsillo del abrigo y la introdujo en la cerradura. El metal giró con dificultad y la puerta cedió lentamente. El aroma de la casa salió a recibirla. La madera antigua, el papel envejecido y la lavanda formaban una mezcla que reconoció de inmediato. Helena había colocado pequeños saquitos perfumados en armarios, cajones y mesitas de noche durante toda su vida. Aquel aroma había acompañado cada etapa de su infancia.
—¿Quieres que te ayude a revisar? —preguntó Matthias.
—Voy a estar bien.
—Puedo volver mañana.
—Me gustaría eso.
Matthias asintió, sacó una tarjeta del bolsillo y se la entregó.
—Llámame si necesitas cualquier cosa.
Rhea guardó la tarjeta y observó cómo emprendía el regreso hacia el pueblo. La niebla terminó por absorber su figura entre los árboles.
Cuando volvió a entrar, el silencio llenó cada rincón de la vivienda. La casa conservaba el orden de alguien que esperaba regresar. Había libros en los estantes, fotografías sobre los muebles, un chal doblado sobre el respaldo de una silla y una taza junto a una ventana. Los objetos permanecían distribuidos con una naturalidad que daba la impresión de que Helena había abandonado la habitación apenas unos minutos antes.
Rhea recorrió la sala lentamente. Reconocía muchos de aquellos libros. Algunos habían estado en la casa donde creció e incluso conservaban las mismas anotaciones que recordaba de niña. Tomó uno de ellos y descubrió una pequeña cruz dibujada a lápiz en el margen de una página. Sonrió. Helena hacía aquello constantemente. Leía con un lápiz en la mano y discutía con los autores como si la conversación pudiera continuar más allá de las páginas.
Subió al segundo piso. La habitación principal estaba iluminada por la luz gris que entraba desde una ventana orientada al bosque. Sobre una cómoda descansaban varias fotografías enmarcadas. Rhea tomó la primera. Helena sonreía hacia la cámara y debajo de la imagen alguien había escrito una fecha. Tomó otra fotografía y después una tercera. Continuó revisando los marcos hasta comprender que todas pertenecían a un mismo período de tiempo.
Las imágenes avanzaban hacia atrás durante varios años y luego se detenían de forma abrupta. La secuencia concluía allí. La infancia de Helena había desaparecido. Su adolescencia también. Ninguna fotografía mostraba una etapa anterior a finales de los años ochenta.
Rhea abrió los cajones de la cómoda. En el último encontró una caja de madera cuya tapa estaba decorada con pequeñas flores talladas a mano. La colocó sobre la cama y la abrió.
Dentro había decenas de fotografías.
La primera mostraba a una Helena adolescente sentada sobre el muro de piedra de una iglesia. La segunda la retrataba durante una celebración del pueblo. La tercera estaba tomada junto a un río. La cuarta hizo que Rhea se detuviera.
Su madre aparecía junto a Matthias.
Ambos eran jóvenes y la cercanía entre ellos resultaba evidente incluso para un desconocido. La forma en que se miraban, la manera en que permanecían uno junto al otro y la naturalidad de sus gestos transmitían una intimidad construida durante años. Rhea tomó otra fotografía y después otra más. Matthias volvía a aparecer una y otra vez, ya fuera en fiestas, excursiones o reuniones familiares. Su presencia recorría gran parte de la vida de Helena.
Volvió a recordar la conversación del tren.
“Tu madre era de esas personas que te hacían hacer planes para el futuro.”
Aquellas palabras adquirieron un significado distinto.
Continuó revisando la caja. La historia de su madre se desplegaba fotografía tras fotografía hasta que apareció una ruptura evidente. Las imágenes avanzaban desde finales de los años setenta hasta mediados de los ochenta y luego varios años desaparecían por completo. La siguiente fotografía mostraba a Helena mucho más delgada y con una expresión diferente. La sonrisa seguía presente, aunque sus ojos transmitían un cansancio que Rhea jamás había visto en ella.
Las imágenes posteriores repetían aquel mismo cambio. Algo había ocurrido durante aquellos años ausentes. Algo suficientemente importante para dejar una huella permanente en el rostro de su madre.
Siguió pasando fotografías.
En varias aparecía el bosque.
En una de ellas, Helena estaba de pie entre los árboles. La humedad había deteriorado parte de la imagen y una mancha oscura ocupaba el fondo. Rhea acercó la fotografía a la lámpara. La forma permanecía entre los troncos con una definición extraña para tratarse de un simple defecto del papel.
Dejó la imagen sobre la cama y continuó revisando el resto de la caja. Unos minutos más tarde volvió a ella. La figura seguía ocupando el mismo lugar entre los árboles.
Tomó otra fotografía.
Luego una tercera, en la parte trasera decia: Dobruša la bruja madre
La misma forma aparecía en varias imágenes.
A veces estaba más lejos.
A veces más cerca.
Siempre permanecía integrada al paisaje.
Rhea extendió las fotografías sobre la cama y las observó en silencio. Después levantó la vista hacia la ventana. El bosque comenzaba donde terminaba el jardín y se extendía hasta perderse entre la niebla de la tarde. Las copas de los árboles se mecían lentamente bajo el viento mientras las fotografías permanecían abiertas frente a ella, revelando una presencia que había acompañado a su madre durante años enteros sin ocupar nunca el centro de ninguna imagen.
Las 3
La lluvia continuó durante buena parte de la noche. Rhea terminó quedándose dormida sobre la cama, rodeada de fotografías, cartas y recuerdos que parecían haber permanecido esperándola durante décadas. El sonido constante del agua golpeando el tejado la acompañó hasta el sueño y volvió a recibirla cuando abrió los ojos a la mañana siguiente. El bosque aparecía cubierto por una neblina espesa que borraba los límites entre los árboles y el cielo.
Preparó café, revisó algunas de las fotografías una vez más y decidió salir antes de que Matthias llegara. Necesitaba caminar. La casa comenzaba a resultar demasiado pequeña para la cantidad de preguntas que había encontrado dentro de ella. Colgó la cámara del cuello, guardó una libreta en la mochila y acomodó la pequeña cruz de plata que siempre llevaba consigo. Su madre se la había regalado cuando cumplió quince años.
—La fe sirve para encontrar respuestas —solía decirle.
Rhea sonrió al recordarlo y salió de la casa.
El aire olía a tierra húmeda y hojas mojadas. Los senderos que rodeaban Rýggenholz atravesaban pequeñas colinas cubiertas de pinos y desembocaban en claros desde donde podían verse las torres de la iglesia y los tejados del pueblo. Durante más de una hora recorrió caminos secundarios tomando fotografías de puertas antiguas, graneros abandonados, estatuas erosionadas por el tiempo y jardines que parecían pertenecer a otra época. El lugar entero transmitía la sensación de haberse quedado atrás mientras el resto del mundo continuaba avanzando.
Cuando regresó a la plaza principal encontró más movimiento que el día anterior. Varias personas decoraban las calles con ramas secas y coronas hechas de espinas y madera oscura. Otros trazaban símbolos con pintura blanca alrededor de puertas y ventanas. El trabajo se realizaba en silencio. Nadie parecía tener prisa. Nadie parecía dispuesto a explicar demasiado.
Rhea tomó varias fotografías y entró en la panadería para comprar algo de desayuno. La mujer detrás del mostrador rondaba los setenta años y tenía las manos cubiertas de harina.
—¿Hay alguna celebración esta semana? —preguntó.
—El solsticio.
—Matthias mencionó algo de eso.
—Todo el pueblo participa.
—¿Qué celebran exactamente?
La mujer tardó unos segundos en responder.
—Que otro año ha pasado.
Rhea señaló las ramas colgadas sobre una ventana.
—¿Y eso?
—Tradición.
—¿Y los símbolos?
—Tradición.
—¿Y las coronas?
—Tradición.
La panadera continuó envolviendo el pan con una concentración que dejaba claro que la conversación había llegado a su final.
Rhea salió de la tienda con la sensación de haber tropezado contra un muro invisible. Pasó el resto de la mañana recorriendo las calles y formulando preguntas parecidas a distintas personas. Las respuestas cambiaban de forma, aunque conservaban el mismo contenido. Tradición. Costumbre. Siempre ha sido así. Las frases aparecían una y otra vez hasta adquirir un tono casi mecánico.
Al mediodía encontró a Matthias frente a la iglesia.
—Ya veo que sobreviviste.
—Por ahora.
—Eso suele ser suficiente.
Caminaron juntos hasta una pequeña taberna donde almorzaron. La conversación giró alrededor de Helena durante buena parte del encuentro. Matthias le habló de excursiones escolares, festivales locales y competencias de natación celebradas en el río durante los veranos. Cada anécdota añadía una pieza nueva a una imagen que Rhea apenas comenzaba a reconstruir.
—La gente la quería mucho —dijo ella.
—La mayoría sí.
—¿La mayoría?
Matthias dejó el vaso sobre la mesa.
—Los pueblos pequeños siempre encuentran razones para desconfiar de alguien.
—¿Desconfiar de mi madre?
—Helena era distinta.
—¿Distinta cómo?
Matthias observó durante unos segundos las personas que caminaban frente a la ventana.
—Le gustaba hacer preguntas.
—Eso suena bastante inofensivo.
—Depende de la pregunta.
Rhea sonrió.
—¿Qué decían de ella?
Matthias sostuvo la mirada unos instantes.
—Algunas personas decían que era una bruja.
Rhea soltó una carcajada.
—Mi madre iba a misa más que cualquier sacerdote que haya conocido.
—Lo sé.
—Leía la biblia todos los días.
—Lo sé.
—Me obligó a memorizar medio catecismo.
Una sonrisa cansada cruzó el rostro del hombre.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo.
—La gente siempre necesita historias para explicar aquello que no comprende.
La respuesta dejó más preguntas sobre la mesa que las que había resuelto.
Esa noche, mientras revisaba las fotografías tomadas durante el día, una imagen llamó su atención. Mostraba una calle decorada para el solsticio. Varias personas trabajaban sobre una fachada mientras colocaban ramas y adornos. Todo parecía normal hasta que sus ojos se detuvieron en una pared situada al fondo de la calle.
Amplió la fotografía.
Allí había un mural.
La pintura estaba desgastada por el tiempo, aunque todavía podían distinguirse tres figuras femeninas. Una mantenía el cuello inclinado hacia un lado. Otra aparecía rodeada de llamas oscuras. La tercera emergía de una corriente de agua negra. Debajo de ellas sobrevivían restos de una inscripción apenas visible.
Rhea observó la imagen durante varios segundos.
Había visto aquel mural antes.
La certeza llegó de inmediato.
Abrió la caja de fotografías de Helena y comenzó a revisar su contenido. Pasó una imagen. Luego otra. Después una tercera. Finalmente encontró lo que estaba buscando.
La fotografía había sido tomada décadas atrás durante una celebración local. Al fondo, detrás de un grupo de personas, aparecía el mismo mural. El paso de los años todavía no había borrado sus detalles y la inscripción podía leerse con claridad.
Die Prozession der Verdammten.
La Procesión de las Condenadas.
Rhea tomó la libreta y anotó el nombre.
La lluvia comenzó a golpear las ventanas una vez más. Abrió la computadora portátil y empezó a buscar referencias. Los resultados eran escasos. Encontró menciones dispersas, artículos incompletos y algunas referencias a leyendas relacionadas con los juicios de brujas de Bamberg. Una misma historia aparecía repetida en casi todas las fuentes.
Tres mujeres.
Tres condenadas.
Tres muertes.
La ahogada.
La ahorcada.
La quemada.
Rhea continuó leyendo hasta bien entrada la noche. La lluvia siguió cayendo sobre el bosque mientras las piezas comenzaban a encajar lentamente. Lo que había empezado como una búsqueda sobre la infancia de su madre estaba convirtiéndose en algo mucho más antiguo. Algo que parecía haber permanecido oculto bajo la superficie de Rýggenholz durante generaciones enteras.
La procesion
Matthias llegó a la casa poco después del mediodía siguiente.
Encontró a Rhea sentada junto a la mesa de la cocina, rodeada de fotografías, anotaciones y varias páginas impresas. La computadora permanecía abierta frente a ella.
—Llevas esa cara desde anoche —dijo él mientras colgaba el abrigo.
—Encontré algo.
—Ya me imaginaba.
Rhea tomó una de las fotografías antiguas y la deslizó sobre la mesa.
—La Procesión de las Condenadas.
El rostro de Matthias perdió parte de su color.
—¿Dónde viste ese nombre?
—En un mural del pueblo. También aparece en varias fotografías de mi madre.
Matthias observó la imagen durante varios segundos.
—Deberías dejar eso en paz.
—Eso suele ser una invitación para seguir investigando.
—No bromeo.
Rhea cerró la computadora.
—Entonces explícamelo.
El hombre permaneció inmóvil.
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas.
—Es una leyenda.
—Las leyendas tienen un origen.
—A veces tienen demasiados.
—Matthias.
El hombre apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Hace siglos ejecutaron a tres mujeres cerca de aquí.
—¿Brujas?
—Eso dijeron.
—¿Y lo eran?
—Eso depende de quién cuente la historia.
Rhea esperó.
—Continúa.
Matthias tomó una fotografía y la giró entre los dedos.
—La primera murió ahogada. La acusaron de provocar enfermedades entre el ganado. Le arrancaron varios dientes durante los interrogatorios y la arrojaron al río con una piedra atada al cuello.
—Dios mío.
—La segunda murió en la horca. La acusaron de maldecir a los hijos de varios comerciantes. El cuello se rompió durante la caída.
—Y la tercera.
Matthias levantó la vista.
—La quemaron viva.
El silencio llenó la cocina.
—¿Y la procesión?
—La gente cree que regresan.
Rhea sonrió.
—Eso explica las decoraciones.
—Las decoraciones existen por ellas.
La sonrisa desapareció.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
Matthias se acercó a la ventana.
El bosque ocupaba casi todo el paisaje.
—Los viejos del pueblo dicen que cada solsticio recorren los senderos que rodean Rýggenholz. Caminan desde el bosque hasta la iglesia. Nadie intenta detenerlas. Nadie intenta hablarles.
—¿Y qué hacen?
—Caminan.
—Eso es todo.
—Eso basta.
Rhea observó las fotografías.
—¿Mi madre creía en esa historia?
Matthias tardó demasiado en responder.
—Tu madre conocía esa historia mejor que nadie.
La respuesta quedó suspendida entre ambos.
—Quiero verla.
Matthias cerró los ojos.
—Sabía que dirías eso.
—Soy fotógrafa.
—Precisamente por eso.
—Es una oportunidad única.
—Rhea...
—Si algo aparece, quiero documentarlo.
—Escúchame bien.
La voz del hombre adquirió una dureza que ella todavía no le conocía.
—Si llegas a verlas, no tomes fotografías.
—¿Por qué?
—Porque las personas que intentan llevárselas a casa terminan llevándose algo más.
—Eso no significa nada.
—Significa exactamente lo que acabo de decir.
La noche del solsticio llegó acompañada por una niebla tan espesa que las luces de Rýggenholz parecían suspendidas dentro de una nube. Poco antes de la medianoche, Rhea abandonó la casa con la cámara colgada al cuello, la mochila sobre los hombros y la pequeña cruz de plata descansando sobre su pecho. Había elegido un sendero elevado desde donde podía observar parte del bosque y el camino principal que conducía hacia la iglesia. El lugar ofrecía una vista amplia del valle y permanecía oculto entre varios grupos de árboles.
Esperó durante largo tiempo. El viento apenas agitaba las ramas más altas y el bosque entero transmitía una quietud extraña, como si el paisaje aguardara la llegada de algo conocido. Los minutos se acumularon lentamente. Una hora dio paso a la siguiente mientras la niebla continuaba desplazándose entre los troncos.
Entonces escuchó un sonido.
Llegó desde algún punto oculto entre la oscuridad del bosque. Era un ruido lejano, irregular y rítmico al mismo tiempo, semejante al de unos pasos avanzando sobre tierra húmeda. Rhea levantó la cámara y dirigió la vista hacia el sendero. Entre la niebla comenzaron a formarse siluetas. Al principio parecían simples sombras moviéndose entre los árboles. Poco a poco fueron adquiriendo forma hasta revelar tres figuras que avanzaban lentamente por el camino que conducía hacia el pueblo.
La primera emergió de la oscuridad.
Su cuerpo parecía haber permanecido décadas bajo el agua. El cabello colgaba en mechones húmedos sobre un rostro hundido y grisáceo. Parte de la mandíbula quedaba expuesta donde la carne había desaparecido y varios dientes faltaban por completo. Agua oscura caía continuamente desde su vestido y dejaba un rastro brillante sobre la tierra. Cada vez que abría la boca escapaba un sonido extraño, una mezcla de suspiro y lamento que recordaba a alguien intentando respirar después de demasiado tiempo bajo el agua.
La segunda caminaba varios pasos detrás.
El cuello permanecía inclinado hacia un lado con un ángulo imposible. La cabeza parecía sostenerse únicamente gracias a fragmentos de piel ennegrecida. El rostro conservaba restos de una belleza antigua, aunque los ojos sobresalían ligeramente de las órbitas y una línea oscura recorría la garganta desde la mandíbula hasta el pecho. Sus pies avanzaban con lentitud mientras el cuello permanecía inmóvil, como si la muerte hubiera congelado aquel instante para siempre.
La tercera apareció al final.
El fuego había reclamado casi todo su cuerpo.
La piel se abría en placas negras y rojizas que dejaban ver capas más profundas de carne carbonizada. Grietas oscuras recorrían brazos, cuello y rostro. Entre algunas de ellas brillaban pequeñas brasas rojizas que parecían respirar bajo la superficie. Cada paso liberaba diminutas partículas de ceniza que flotaban alrededor de ella como insectos atraídos por una llama.
Rhea permaneció inmóvil mientras las tres figuras avanzaban por el sendero envuelto en niebla. Ninguna parecía prestar atención al mundo que las rodeaba. Sus movimientos transmitían la certeza de quien ha recorrido el mismo camino innumerables veces. Caminaban con una lentitud constante, siguiendo una ruta antigua cuya existencia parecía preceder incluso al pueblo. Rhea levantó la cámara, ajustó el enfoque y tomó una fotografía. El sonido del obturador atravesó el silencio de la noche como una piedra lanzada sobre un lago inmóvil. Las tres figuras se detuvieron al mismo tiempo. El bosque entero pareció contener la respiración. Las ramas quedaron inmóviles sobre sus copas, el viento desapareció entre los árboles y la niebla suspendió su lento desplazamiento sobre el sendero. Entonces, con una sincronía imposible, las tres giraron la cabeza hacia el lugar donde se encontraba Rhea.
La Marca
Las tres figuras continuaron avanzando hasta salir completamente de la niebla.
Rhea observó a través del visor de la cámara. Sus manos temblaban, aunque consiguió mantener el enfoque. La ahogada encabezaba la procesión. El agua caía constantemente desde su vestido y formaba pequeños charcos sobre el sendero. Detrás caminaba la ahorcada, con la cabeza inclinada hacia un lado y los ojos fijos en algún punto imposible del horizonte. La quemada cerraba la marcha. Las grietas de su piel brillaban con un resplandor rojizo que recordaba brasas ocultas bajo una capa de ceniza.
El obturador volvió a sonar.
Las tres se detuvieron.
Un silencio absoluto descendió sobre el bosque. Las ramas quedaron inmóviles, la niebla suspendió su avance y hasta el viento pareció abandonar el sendero. Entonces las tres giraron la cabeza hacia ella.
Rhea retrocedió un paso y después otro. La cámara resbaló entre sus manos mientras observaba cómo las figuras abandonaban el sendero y comenzaban a acercarse. Ninguna corría. Ninguna mostraba urgencia alguna. La distancia entre ellas y Rhea disminuía con una lentitud insoportable, como si el tiempo mismo hubiera decidido arrastrarse.
Rhea giró para huir. Su pie se enredó con una raíz oculta bajo las hojas húmedas y cayó de rodillas. La cámara golpeó el suelo. Cuando levantó la vista, la ahogada ya estaba frente a ella. El olor a agua estancada y podredumbre la envolvió de inmediato. La criatura abrió la boca y emitió un sonido que recordaba a alguien intentando respirar con los pulmones llenos de agua.
Rhea quiso gritar.
La ahorcada apareció a su izquierda. La quemada ocupó el espacio a su derecha. Las tres la rodearon sin decir una palabra.
La ahogada extendió una mano grisácea y la sujetó por el abrigo. La tela se rasgó. La ahorcada hundió las uñas en la blusa y abrió el cuello de la prenda desde el hombro hasta el pecho. La cruz de plata cayó sobre la piel expuesta y osciló lentamente bajo la luz difusa de la niebla.
Entonces ocurrió.
Las tres quedaron inmóviles.
Un instante después, un chillido atravesó la noche.
Las voces surgieron al mismo tiempo y se fundieron en un único alarido imposible. El sonido era tan agudo que Rhea sintió un dolor punzante en los oídos. La ahogada retrocedió varios pasos. La ahorcada llevó una mano al rostro. La quemada emitió un sonido áspero que parecía mezclar terror y rabia.
Las tres observaban el mismo punto.
La marca.
La espiral oscura que descansaba junto a la clavícula de Rhea.
El bosque entero respondió a aquel grito. Bandadas de pájaros levantaron vuelo desde las copas de los árboles. Algo comenzó a moverse entre la maleza. El aire se llenó de susurros que parecían surgir desde todas direcciones al mismo tiempo.
Las condenadas continuaban observando la marca. La expresión de horror fue transformándose lentamente en reconocimiento. La ahogada cayó de rodillas. La ahorcada inclinó aún más la cabeza rota. La quemada avanzó un paso hacia Rhea con una cautela que recordaba a la reverencia.
Rhea permanecía inmóvil. El miedo seguía allí, aunque ahora compartía espacio con una confusión absoluta.
La quemada extendió una mano. Sus dedos carbonizados se acercaron lentamente a la clavícula opuesta. La punta de una de sus uñas negras tocó la piel.
El dolor llegó de inmediato.
Un dolor profundo y antiguo que atravesó su cuerpo como hierro al rojo vivo. Rhea gritó mientras la criatura comenzaba a deslizar la uña sobre su carne. La punta negra trazó una línea, luego otra y después una tercera. El olor a piel quemada llenó el aire mientras las otras dos observaban en silencio.
El trabajo continuó durante varios segundos.
Cuando terminó, la quemada retiró la mano.
Rhea cayó hacia adelante y apoyó las manos sobre el barro. Las lágrimas corrían por su rostro. La nueva marca ardía con una intensidad insoportable. Con esfuerzo levantó la vista.
Las tres condenadas contemplaban las dos espirales grabadas sobre sus clavículas. Una descansaba donde siempre había estado. La otra ocupaba el lado opuesto. Juntas formaban un símbolo completo.
Entonces las tres abrieron la boca al mismo tiempo.
—Dobruša.
El nombre atravesó el bosque como una plegaria.
—Dobruša.
Lo pronunciaron nuevamente. Esta vez sonó como una advertencia.
Las tres comenzaron a retroceder sin apartar la mirada de ella. La distancia entre las figuras y Rhea aumentó lentamente hasta que la niebla terminó por envolverlas. Sus siluetas se volvieron borrosas y finalmente desaparecieron entre los árboles.
Rhea permaneció sola sobre el sendero, respirando con dificultad y aferrando la cruz de plata entre los dedos. Las dos marcas ardían bajo su piel.
En algún lugar del bosque, oculto entre la oscuridad, un aullido largo y desgarrador rompió la noche.
La iglesia
El sacerdote terminó de abrir las puertas de la iglesia mientras los hombres del pueblo depositaban a Rhea frente al altar. Sus brazos se sacudían con espasmos irregulares y palabras incomprensibles escapaban de su boca entre respiraciones agitadas. Las dos marcas grabadas sobre sus clavículas brillaban bajo la luz gris del amanecer. El anciano comenzó a rezar y su voz resonó bajo las bóvedas de piedra mientras elevaba el crucifijo hacia ella. Matthias permanecía a pocos pasos observando la escena con una mezcla de miedo y esperanza, aferrándose a la idea de que todavía quedaba algo de la joven que había conocido en el tren.
Rhea abrió los ojos. Las pupilas completamente blancas provocaron que el sacerdote elevara aún más el crucifijo y acelerara las oraciones. La joven sonrió. La navaja apareció en su mano con una rapidez imposible y la hoja atravesó el cuello del anciano antes de que pudiera reaccionar. La sangre salpicó las piedras del altar, el crucifijo cayó rodando por el suelo y el sacerdote se desplomó entre los bancos con una expresión congelada entre la fe y el horror. El silencio que siguió pareció absorber el aire de la iglesia.
Matthias retrocedió un paso mientras observaba la navaja cubierta de sangre. La reconoció de inmediato. Había pertenecido a él. Helena la había conservado durante décadas. Rhea sostuvo la hoja frente a sus ojos durante unos segundos y después levantó la vista.
—Era tuya. Mi madre la guardó todos estos años.
Las palabras golpearon a Matthias con más fuerza que la muerte del sacerdote. Durante un instante recordó una tarde de verano, una ventana abierta, la risa de Helena y una vida que había imaginado junto a ella. Treinta años desaparecieron en un suspiro.
—Siempre supe quién eras —continuó Rhea—. Leí sus diarios. Leí sus cartas. Leí todo lo que intentó esconder. Sabía que compartiste su cama. Sabía que soñaste una vida junto a ella. Sabía que creyó poder alejarme de este lugar.
Matthias sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Ella te amaba.
Rhea sostuvo su mirada durante varios segundos. Algo parecido a la ternura apareció fugazmente en su expresión.
—Lo sé.
Matthias avanzó hacia ella y la abrazó. Tal vez intentaba salvarla. Tal vez intentaba encontrar un último fragmento de Helena dentro de aquella muchacha. Tal vez simplemente estaba cansado. Rhea le devolvió el abrazo y apoyó la frente sobre su hombro mientras la sangre del sacerdote continuaba extendiéndose por las piedras de la iglesia.
—Mi madre intentó romper el círculo —susurró.
La hoja entró bajo sus costillas.
Matthias abrió los ojos con sorpresa. El aire abandonó sus pulmones. Rhea permaneció abrazándolo mientras la sangre comenzaba a manchar la ropa de ambos.
—Yo vine a cerrarlo.
El cuerpo cayó lentamente sobre el suelo de la iglesia. Rhea permaneció inmóvil observándolo durante unos segundos. Después se quitó el abrigo, la blusa y el resto de la ropa con una serenidad casi ritual. La luz apagada de los vitrales recorrió su piel desnuda y las dos marcas grabadas sobre sus clavículas parecieron despertar bajo la carne. Subió los escalones del altar y se acostó sobre la piedra sagrada mientras la sangre del sacerdote y la de Matthias avanzaban lentamente hacia los escalones.
—Qué deliciosa resulta la blasfemia cuando desaparece la culpa.
Permaneció allí algunos instantes contemplando el techo de la iglesia. Después descendió, abrió el grimorio y recorrió sus páginas con dedos manchados de sangre. Hundió una mano en la sangre del sacerdote y trazó una espiral sobre las piedras. Luego utilizó la sangre de Matthias para dibujar una segunda. Finalmente abrió la palma de su propia mano con la navaja y dejó caer varias gotas dentro de una tercera espiral situada entre ambas. La sangre comenzó a desplazarse por sí sola, uniéndose lentamente a través de las grietas del suelo.
Rhea levantó la vista y comenzó la liturgia.
—Sangre de fe que creyó gobernar lo antiguo. Sangre de amor que creyó escapar del destino. Sangre de bruja que recuerda el camino.
Las líneas rojas avanzaron sobre la piedra formando un símbolo único. El suelo de la iglesia profanada vibró suavemente. Los primeros sapos aparecieron debajo de los bancos y comenzaron a reunirse alrededor de las espirales. Llegaron por decenas. Después por cientos. Sus cuerpos húmedos cubrieron las baldosas mientras seguían el recorrido de la sangre como si obedecieran una orden silenciosa.
Las aves llegaron después. Entraron por las ventanas rotas y por las puertas entreabiertas. Ninguna tenía plumas. La piel desnuda cubría alas deformes que se retorcían continuamente. No volaban. Se arrastraban por los bancos, por los muros y por el altar mientras emitían chillidos agudos que parecían mezclarse con las palabras del ritual.
Rhea continuó recitando. El viento atravesó la iglesia. Los vitrales comenzaron a resquebrajarse. Las campanas del campanario sonaron por sí solas. La sangre siguió extendiéndose hasta alcanzar las puertas principales.
Entonces las puertas se abrieron.
La figura que esperaba al otro lado parecía humana únicamente desde la distancia. El cuerpo era demasiado alto. Demasiado delgado. Las piernas terminaban en patas negras de cabra. Dos cuernos emergían entre mechones de cabello oscuro y los ojos brillaban dentro de la niebla con una intensidad imposible.
Rhea cayó de rodillas frente a la entrada de la iglesia.
Sonrió.
Porque Dobruša había regresado.



Ooooooohhhhhhhhh que chulo, ¡me ha encantado! 🤩🤩🤩
Me ha gustado muchísimo la historia y los personajes. En verdad soy una ingenua porque he mantenido la fe hasta el final, pensaba que le dejaría con vida, pobrecillo :(
Me he imaginado el pueblito a la perfección jeje
Decir que disfrute este relato es quedarme corta. Lo juro.
Amé con todo mi ser tu narración, la forma tan mágica en la que las imágenes fluyeron; la manera en la que se presentaron tan palpables sin resultar invasivas, envolviendo todo a mi alrededor.
Desconozco si tienes algún libro publicado, pero si sí, ¡muero por leerlo!
¡Gracias por este increíble relato, tan redondo, tan disfrutable! (Y gracias por regalarle un hermoso momento a esta personita impregnada de dolor).