San Jerónimo
La ciudad de San Jerónimo del Valle desapareció una tarde de septiembre. Esa era la única afirmación sobre la que coincidían los pocos documentos oficiales que aún sobrevivían. Todo lo demás pertenecía al territorio incierto de los rumores, las reconstrucciones y las teorías que inevitablemente nacen cuando un hecho desafía cualquier explicación razonable. Algunos hablaron de una fuga química, otros de una epidemia desconocida, de un experimento militar o de un suicidio colectivo cuidadosamente ocultado por el gobierno. Ninguna hipótesis consiguió sobrevivir demasiado tiempo frente a un detalle imposible de ignorar: nunca apareció un solo cuerpo.
Durante los primeros meses el ejército rodeó la ciudad con cercas metálicas y puestos de vigilancia. Llegaron científicos, antropólogos, criminalistas y periodistas de medio mundo. Midieron el aire, analizaron el agua, excavaron jardines, rompieron paredes y desmontaron tuberías buscando cualquier indicio capaz de explicar la desaparición de casi cuarenta mil personas. Regresaron con miles de fotografías, cientos de cajas llenas de objetos cotidianos y una cantidad interminable de informes que únicamente lograban demostrar una cosa: ninguna disciplina parecía preparada para estudiar el vacío.
Los años hicieron lo que siempre hacen con los grandes misterios. La curiosidad terminó cediendo su lugar al cansancio. Los presupuestos desaparecieron, las investigaciones fueron archivadas y el ejército levantó el último puesto de control. Entonces llegaron otros visitantes. Llegaron los saqueadores.
La ciudad murió por segunda vez. Arrancaron las puertas para vender la madera, desmontaron los techos de zinc, cortaron kilómetros de cableado eléctrico, rompieron los vitrales de la iglesia buscando plomo, vaciaron las escuelas, desmontaron consultorios médicos, arrancaron tuberías de cobre y hasta abrieron algunas tumbas convencidos de que los muertos antiguos habían recibido un entierro más generoso que los vivos desaparecidos. Durante casi una década San Jerónimo dejó de ser un lugar maldito para convertirse en una mina de materiales abandonados. Cuando ya no quedó nada con valor comercial, el silencio volvió a instalarse entre aquellas calles como un propietario paciente que jamás hubiera abandonado realmente su casa.
Fue precisamente ese silencio lo que me llevó allí.
Siempre me atrajeron los lugares donde la historia había dejado preguntas más grandes que las respuestas. La arqueología suele ocuparse de civilizaciones remotas, pero existe otra clase de ruinas mucho más inquietantes: aquellas que todavía conservan memoria suficiente para parecer recientes. Una vasija romana pertenece definitivamente al pasado. Una taza con café seco sobre una mesa pertenece a otra categoría del tiempo. Produce la absurda impresión de que alguien regresará en cualquier momento para terminar de beberla.
San Jerónimo estaba llena de esa clase de objetos.
Las camas seguían hechas. En algunas cocinas permanecían alineados los platos del desayuno. Había juguetes bajo las camas infantiles, ropa doblada dentro de los armarios y calendarios detenidos todos en la misma semana. Las ventanas abiertas dejaban entrar el viento desde hacía décadas sin que el resto de la casa pareciera aceptar del todo el paso de los años. Ningún incendio había ennegrecido las paredes. Ningún terremoto había derrumbado los edificios. Ninguna explosión había alterado el orden de los muebles. La ciudad ofrecía el aspecto desconcertante de un lugar abandonado con delicadeza.
Recorrí sus calles durante seis días tomando notas que muy pronto comenzaron a parecerse demasiado entre sí. Casa número cuarenta y uno: sin señales de violencia. Escuela primaria: pupitres intactos. Consultorio médico: instrumental completo. Ayuntamiento: archivos destruidos por la humedad. Iglesia: altar saqueado, bancos ausentes, campanario vacío. Cada nueva observación reforzaba la misma conclusión insoportable. La ciudad había perdido a sus habitantes sin ofrecer la menor resistencia.
La mañana del séptimo día entré en una vivienda situada al extremo norte del pueblo. Era una casa pequeña, de paredes blancas y techo bajo, casi completamente devorada por una buganvilia que había terminado envolviendo parte de la fachada. Los saqueadores apenas habían dejado unos pocos muebles demasiado pesados para transportarlos y una biblioteca deformada por décadas de humedad. Mientras retiraba los estantes para fotografiar el muro descubrí que uno de los ladrillos sobresalía apenas el grosor de una moneda.
Detrás había una caja metálica.
Dentro de la caja, envuelto cuidadosamente en varias capas de tela encerada, descansaba un cuaderno de tapas negras cuya conservación resultaba casi milagrosa. Alguien había dedicado más esfuerzo a proteger aquellas páginas que cualquier otra pertenencia de la casa. Ese detalle bastó para convencerme de que acababa de encontrar el primer objeto verdaderamente importante desde que había llegado a San Jerónimo.
La primera página contenía una única frase.
Si usted está leyendo esto, ella ya sabe que encontró el diario.
Recuerdo haber sonreído.
Los diarios personales siempre exageran el tamaño de sus propios fantasmas.
Abrí la segunda página sin imaginar que aquella decisión terminaría convirtiéndose en el último error cuya fecha puedo recordar.
Día 1
No sé muy bien por qué empecé este diario.
Tal vez porque mamá siempre dice que escribir obliga a los recuerdos a quedarse quietos un rato antes de marcharse. Dice que la memoria cambia las cosas cada vez que las cuenta y que, después de muchos años, uno termina recordando historias que jamás ocurrieron. Nunca le había prestado demasiada atención. San Jerónimo es un lugar pequeño. Aquí las cosas casi nunca cambian. Los días terminan pareciéndose unos a otros con una insistencia que llega a desesperar. Quizá por eso decidí empezar hoy y no cualquier otro día.
Esta mañana llegó una mujer.
Eso, por supuesto, tampoco tendría importancia. La carretera trae desconocidos todas las semanas. Comerciales, camioneros, maestros nuevos, inspectores, familias que se equivocan de camino. La diferencia es que, al caer la tarde, todo el pueblo seguía hablando de ella y nadie parecía recordar exactamente cómo había comenzado la conversación.
La vi una sola vez.
Estaba sentada frente a la cafetería de don Ernesto con una taza entre las manos. Tendría unos cincuenta años, quizá menos. Resultaba imposible calcularle la edad. Vestía de manera sencilla, el cabello oscuro apenas recogido detrás de la nuca y un vestido gris que cualquier otra persona habría olvidado cinco minutos después de verlo. Pensé varias veces en describir su rostro y descubrí algo extraño. Recuerdo perfectamente la conversación que mantenía con el farmacéutico. Recuerdo el sonido de las cucharas chocando contra las tazas. Recuerdo incluso el viento levantando polvo en la plaza. Su cara, en cambio, ya empieza a escaparse de mi memoria.
Por la noche papá comentó durante la cena que el farmacéutico llevaba casi una hora conversando con aquella mujer cuando cerró el negocio. Mamá preguntó de qué habían hablado.
Papá respondió que no lo sabía.
Después añadió algo raro, dijo que nunca había visto al viejo Ramírez escuchar tanto tiempo sin interrumpir a nadie. No volvimos a mencionarla.
No sé por qué sigo escribiendo sobre ella.
Día 2
Esta mañana la encontré en la panadería. No estaba comprando. Escuchaba. Siempre parece estar escuchando. Don Ricardo hablaba de la sequía y de las pérdidas de la cosecha. Ella asentía muy despacio, sin mostrar acuerdo ni desacuerdo. Cuando él terminó, guardó silencio unos segundos antes de hacer una única pregunta.
—¿Cuándo dejó de cultivar porque le gustaba hacerlo?
Ricardo soltó una risa incómoda.
—Hace muchos años.
Ella asintió apenas.
—Entonces la sequía empezó mucho antes que este verano.
Eso fue todo. Nadie respondió. Ella tomó el pan que había comprado, dio las gracias y salió caminando con absoluta tranquilidad. Ricardo permaneció varios minutos mirando el horno apagado. Por la tarde cerró la panadería antes de la hora habitual.
Día 3
Maria dice que estoy exagerando. Según ella, la mujer únicamente sabe conversar. Tal vez tenga razón. Hay personas que nacen con esa facilidad y consiguen que uno termine hablando de cosas que jamás pensó contar. Lo curioso es que nadie recuerda qué dice exactamente. Solo recuerdan cómo se sintieron después.
Esta tarde el médico pasó dos horas con ella sentado bajo los eucaliptos de la plaza. Al salir caminaba muy despacio. Papá lo saludó desde la camioneta. El doctor tardó varios segundos en reconocerlo, como si hubiera olvidado dónde estaba.
Día 4
Hoy fui yo quien habló con ella. No sé muy bien por qué me senté. Quizá por curiosidad. Quizá porque todo el pueblo parece girar lentamente alrededor de esa banca. Me preguntó mi nombre, después qué estaba estudiando y luego si pensaba marcharme algún día. Respondí que sí. Le dije que siempre había querido vivir en una ciudad grande.
Sonrió. No con amabilidad. Con una especie de comprensión cansada.
—¿Qué espera encontrar allá que no exista ya dentro de usted?
Le respondí cualquier cosa. No recuerdo qué. La conversación continuó todavía unos minutos. Hablamos de libros, de música y de la lluvia. Cuando regresé a casa tenía la desagradable sensación de haber olvidado la única parte importante de todo lo que acabábamos de decir.
He intentado reconstruirla durante horas. No puedo. Solo recuerdo una certeza absurda. Mientras hablábamos tuve la impresión de que ella sabía quién era yo mucho antes de preguntarme mi nombre.
Segunda semana
Ya nadie pregunta quién es. La conversación cambió sin que nadie pareciera darse cuenta del momento exacto. Durante los primeros días todos hablaban de la mujer. Ahora hablan con ella. La diferencia parece pequeña. Empiezo a sospechar que no lo es.
La plaza permanece llena hasta mucho después del atardecer. Personas que jamás se habían dirigido la palabra permanecen sentadas durante horas esperando que ella termine una conversación para comenzar la siguiente. Nadie hace fila. Nadie discute. Simplemente esperan. Cuando alguien se levanta de aquella banca, otro ocupa su lugar con una naturalidad que resulta difícil de explicar.
He intentado recordar de qué hablamos hace unos días. Solo consigo recuperar fragmentos sin importancia. Los libros. La lluvia. La ciudad donde algún día quería vivir. Todo lo demás permanece cubierto por una especie de niebla. Maria dice que le ocurre exactamente lo mismo. Recuerda haber reído varias veces durante la conversación y también recuerda haber llorado al regresar a casa. Entre una cosa y la otra existe un vacío completo.
El farmacéutico dejó de abrir los lunes. Don Ricardo volvió a cerrar la panadería antes del mediodía. El médico canceló las consultas del jueves por primera vez desde que tengo memoria. Nadie comenta estos cambios. Cada uno parece encontrar una explicación suficiente para los actos de los demás.
Anoche soñé con ella. No aparecía haciendo nada. Permanecía sentada en la misma banca de la plaza mientras todo el pueblo caminaba alrededor como si girara lentamente alrededor de un pozo demasiado profundo para verse desde la superficie. Desperté convencida de que el sueño significaba algo importante. Ahora mismo ya no consigo recordar qué era.
Tercera semana
Empiezo a entender por qué me cuesta tanto escribir después de hablar con ella. No salgo confundida. Salgo convencida de haber comprendido algo importante. Esa sensación dura unas pocas horas. Luego intento recordar qué fue exactamente aquello que entendí y descubro que solo quedan las consecuencias. Es como despertar después de un sueño del que únicamente sobrevive la certeza de haber recibido una noticia terrible.
Cada vez más personas pasan las tardes en la plaza. Ya casi nadie conversa entre sí. Esperan. A veces ella habla durante una hora con una sola persona mientras el resto permanece sentado en silencio. Nunca vi impaciencia. Tampoco curiosidad. Todos parecen asumir que, tarde o temprano, llegará su turno.
Papá dice que el pueblo siempre fue así de tranquilo. Estoy segura de que miente. O quizá no miente. Quizá simplemente lo recuerda de esa manera. Hace dos días le pregunté cuándo había llegado la mujer. Me miró extrañado y respondió que llevaba aquí desde antes de la fiesta patronal. La fiesta fue hace cuatro meses. Estoy completamente segura de haberla visto por primera vez hace apenas unas semanas. Laura recuerda otra fecha distinta. Mamá asegura que la saludó el invierno pasado. Ninguno parece encontrar rara esa diferencia.
Ayer encontré una fotografía antigua en la sala. Es de la inauguración del nuevo puente. Tendría unos diez años cuando la tomaron. Hay mucha gente reunida frente al río. Papá aparece más joven. Don Ernesto todavía tiene cabello. Al fondo, junto a uno de los árboles, hay una mujer de vestido gris mirando directamente hacia la cámara.
No logro decidir si es ella, y yo volví a mirar la fotografía.
Ya no estoy segura de haber visto a nadie pero he guardado la foto dentro de este cuaderno.
Si mañana la mujer sigue allí, arrancaré esta página porque no quiero descubrir cuál de las dos cosas me asusta más.
Tercer mes
Tercer mes
Hace varios días que dejé de contar las conversaciones. Al principio me parecían importantes porque creía que algún día lograría descubrir qué tenía ella de extraordinario. Ahora sospecho que nunca hubo nada extraordinario en ella. La diferencia siempre estuvo en quienes se sentaban frente a esa banca. Ella casi nunca responde de inmediato. Escucha durante mucho tiempo, espera con una paciencia que empieza a resultarme insoportable y, cuando por fin habla, lo hace como si únicamente estuviera ordenando pensamientos que ya pertenecían a la otra persona.
Empiezo a preguntarme si realmente pronuncia tantas palabras como recuerdo. Hay noches en las que estoy convencida de haber escuchado conversaciones enteras. A la mañana siguiente apenas consigo reconstruir dos o tres frases. Todo lo demás desaparece. Laura dice que le ocurre exactamente igual. Después se ríe y cambia de tema. No sé si intenta tranquilizarme o si realmente no le concede importancia. A veces creo que ya nadie encuentra extraño olvidar.
Hace tres días murió Daniel Ortega. Tenía siete años. Lo encontraron río abajo antes del amanecer. Todo el pueblo asistió al entierro. Recuerdo el viento levantando la tierra recién removida y el sonido hueco de los terrones golpeando la madera del ataúd. Recuerdo a la señora Ortega abrazada al pequeño abrigo azul que el niño había llevado el invierno pasado. Recuerdo al padre Esteban diciendo que Dios tenía un propósito para cada vida. No recuerdo haber visto llorar a la mujer.
Esperó hasta que todos comenzaron a marcharse. La señora Ortega permaneció arrodillada junto a la tumba. Nadie quiso interrumpirla. La mujer caminó despacio hasta colocarse a su lado y se sentó sobre la tierra húmeda como si ambas hubieran quedado solas en el cementerio. No alcancé a escuchar el principio de la conversación. Solo la primera pregunta.
—¿Qué perdió usted hoy?
La señora Ortega levantó la cabeza con una expresión que todavía no consigo olvidar.
—A mi hijo.
La mujer guardó silencio durante varios segundos.
—Eso es lo que todos esperan que responda.
La señora Ortega frunció el ceño.
La mujer continuó hablando con la misma serenidad.
—Yo le pregunté qué perdió usted.
La señora comenzó a llorar otra vez. La mujer esperó. Nunca interrumpe el llanto. Cuando la señora consiguió respirar, habló casi en un susurro.
—Perdí mi vida.
La mujer asintió muy despacio.
—No. Su vida sigue aquí. Lo que perdió fue a la persona que usted era mientras él existía. Son dos duelos distintos. El primero termina cuando aceptamos la muerte. El segundo casi nunca termina, porque nadie sabe cómo volver a convertirse en alguien que jamás había necesitado existir.
Ninguna de las dos habló durante un largo rato. Después la mujer tomó el pequeño abrigo azul que la señora seguía abrazando. Lo dobló cuidadosamente, lo dejó sobre la lápida y dijo algo que desearía no haber escuchado.
—Los muertos solo se llevan su cuerpo. Nosotros enterramos todo lo demás por voluntad propia.
Se levantó, acomodó una flor que el viento había movido y se marchó.
La señora Ortega permaneció inmóvil hasta el anochecer. Desde ese día visita el cementerio todas las tardes. Nunca vuelve con flores. Solo se sienta frente a la tumba, como si estuviera esperando encontrarse allí con la mujer que dejó de existir junto con su hijo.
No consigo quitarme esa conversación de la cabeza. Quiero creer que estaba equivocada. Quiero creer que todo aquello fue una crueldad innecesaria. Sin embargo, desde que la escuché descubrí algo que me avergüenza escribir. Cada vez que recuerdo a alguien que he querido, ya no pienso primero en esa persona. Pienso en quién era yo cuando todavía estaba a su lado.
No sé si esa idea nació en el cementerio. O si siempre estuvo dentro de mí.
Eso es lo que más miedo me da.
Primer año
Hace semanas que intento recordar quién fue el primero. María insiste en que fue don Ernesto, el carpintero. Yo habría jurado que fue el maestro Benavides. Discutimos casi una hora mientras caminábamos hacia la plaza. Ninguna consiguió convencer a la otra. Al final terminamos riéndonos. Resulta extraño discutir sobre el primer suicidio como si estuviéramos intentando recordar quién ganó una carrera hace muchos años. Supongo que uno termina acostumbrándose a cualquier cosa.
Los entierros ya forman parte de la rutina del pueblo. La gente dejó de preguntar por qué. El padre Esteban repite las mismas palabras frente a cada ataúd y todos bajan la cabeza en el mismo momento, como si alguien hubiera ensayado la ceremonia cientos de veces. Después cada uno vuelve a su casa y, a la mañana siguiente, la panadería abre, los niños cruzan la plaza y las campanas vuelven a sonar. La vida continúa con una normalidad que empieza a resultarme ofensiva.
La madre de María volvió a detenerme ayer frente a la tienda. Me preguntó si todavía conservaba las cartas que su hija me escribía cuando éramos niñas. Le respondí que sí, aunque la verdad es que hace meses no reviso esa caja. María siempre escribía con tinta azul. Tenía una letra inclinada hacia la derecha que parecía correr incluso cuando hablaba de cosas sin importancia. Encontraron su cuerpo hace tres meses, colgado en el granero de su padre. Fui al entierro. Llevé flores blancas porque eran sus favoritas. Recuerdo haber permanecido junto a la tumba hasta que todos se marcharon.
Empiezo a desconfiar más de los tachones que de las palabras que permanecen. Cada vez que elimino una frase me pregunto si lo hago porque era falsa o porque dejó de encajar con el resto de mis recuerdos. Las páginas anteriores ya tienen suficientes correcciones. Si algún día alguien encuentra este cuaderno, prefiero que vea mis contradicciones antes que mis intentos por ocultarlas.
Al volver a casa busqué la caja donde siempre guardé las cartas de María. Estaba vacía. Revisé el armario dos veces, levanté la ropa, abrí los cajones y hasta miré debajo de la cama. No encontré una sola hoja. Recuerdo perfectamente haberlas conservado durante años. También recuerdo haberlas leído el invierno pasado.
Empiezo a pensar que el olvido se comporta como el agua. Siempre encuentra la grieta más pequeña por donde entrar y, cuando uno descubre la humedad en la pared, la casa lleva mucho tiempo inundándose.
La Señora volvió a asistir al entierro de esta mañana. Siempre permanece unos pasos detrás de la familia, inmóvil, con las manos entrelazadas frente al vestido blanco que nunca le había visto cambiar. A veces el sol atraviesa la tela y el viento mueve apenas el borde de la falda. Desde lejos cualquiera diría que asiste a una boda equivocada.
Resulta extraño verla entre tantas personas mayores. Conserva el mismo rostro sereno desde que llegó al pueblo. No aparenta más de treinta y cinco años. Quizá sea algunos años mayor. Nunca me acerqué lo suficiente para averiguarlo. Siempre la recuerdo igual: el cabello oscuro recogido sobre la nuca, la piel demasiado pálida y ese vestido blanco que parece el mismo todos los días, como si jamás hubiera conocido el polvo del camino.
El padre Esteban nunca termina un funeral antes de que ella se marche. Permanece en silencio mientras la Señora observa la tumba. Solo cuando la ve alejarse levanta nuevamente la voz y concluye las últimas oraciones. Nadie comenta esa costumbre. Tal vez siempre haya sido así. Cada vez me resulta más difícil distinguir entre las cosas que ocurrieron y las cosas que simplemente llevan tanto tiempo sucediendo que mi memoria decidió colocarlas en el mismo lugar.
Un medio y año
Hace tiempo que los meses dejaron de acomodarse bien en la cabeza. A veces pienso que este debería ser el segundo año. Después recuerdo algo que todavía no ha pasado. O ya pasó. Resulta igual de difícil poner las cosas en orden que recordar el orden en que ocurrieron. El título está bien. Creo. Medio y año. Sí. Es eso.
El pueblo sigue aquí. Esa es la parte que más cuesta explicar. Las casas siguen completas. La iglesia abre los domingos. La panadería todavía huele igual antes del amanecer y las gallinas siguen despertando a todos antes que el sol. Todo permanece donde siempre estuvo. Cada día se parece más al anterior. Cada día se parece menos al pueblo donde crecí. Pensé escribir “antes”, pero antes de qué. Ya no sé antes de qué.
Ahora casi todos salen cuando oscurece. Al principio iban unos pocos, después la mitad del pueblo y ahora cuesta encontrar una ventana encendida. Caminan hacia el viejo granero de los Salvatierra igual que si asistieran a misa. Nunca escuché música. Nunca escuché rezos. A veces veo las luces moverse entre las tablas. A veces creo escuchar voces. Después descubro que el viento también habla cuando uno pasa demasiado tiempo solo.
Por la mañana regresan. Desayunan. Abren los negocios. Saludan. Trabajan. Sonríen más. Mucho más. Esa parte me molesta. Sonríen demasiado para un pueblo donde ya nadie recuerda cuántos entierros llevamos. Les pregunto qué hacen allí y todos responden casi igual. Deberías venir. Siempre dicen venir. Nunca dicen entrar. Nunca dicen escuchar. Nunca dicen verla.
Yo todavía no fui.
La pierna sigue rota. El médico dijo seis semanas. Después dijo ocho. Creo que fueron ocho. O seis. La señora Benavides vino ayer con un caldo y me tomó las manos como si fuera yo quien estuviera de luto. Me dijo que la Señora preguntó por mí. No recuerdo si dijo preguntó. Tal vez dijo que me esperaba. Esperar suena peor. No quiero escribir esperar.
Lo peor de la fractura nunca fue el hueso. Eso duele cuando cambia el clima y durante la noche si me muevo. Lo otro duele siempre. Pensar que ella pueda creer que decidí no ir. Pensar que tal vez crea que ya no quiero escucharla. Qué palabra tan extraña. Escucharla. Yo escribí escucharla. No importa.
Anoche soñé con el granero. Creo que era un sueño porque caminaba sin bastón. O con bastón. Todos estaban allí. No hablaban. La miraban como la gente mira el altar durante la misa, esperando que alguien diga algo que ya conoce de memoria. Ella levantó la vista cuando entré. Sonrió. Fue una sonrisa pequeña. Una sonrisa de alivio. Como si hubiera llegado la última persona que faltaba para poder empezar.
Desperté antes de que hablara.
Eso creo.
Porque durante unos segundos seguía recordando su voz.
No las palabras.
La voz.
Y ahora no consigo recordar si alguna vez la había escuchado hablar realmente o si siempre fueron los demás quienes salían del granero hablando con una voz que ya no parecía completamente suya.
Años uno dos tres cuatro cinc
No sé si siguen siendo años. Los nombres duran poco. Las estaciones también empezaron a cambiar de sitio. El invierno apareció dos veces antes de que el trigo creciera o después, depende de cuál página sea la correcta, porque una de las dos lo era cuando la escribí. Ahora las dos parecen equivocadas. Da igual. Todo termina quedando detrás de otra cosa y luego uno recuerda primero lo que ocurrió al final. Eso también tiene un orden. Creo. No importa. Ya nadie corrige el tiempo. El tiempo hace tiempo dejó de corregirnos a nosotros.
El granero ya no alcanza. O sí alcanza porque cada vez entra menos gente y más personas. Esa frase salió mal. No quiero volver a verla. Antes llegaban caminando en pequeños grupos. Ahora las calles se vacían apenas cae la tarde. Las puertas quedan abiertas, las ollas sobre el fuego, las lámparas encendidas. Desde mi ventana veo las luces filtrarse entre las tablas del granero. Nunca escucho una sola voz. A veces pienso que todos hablan al mismo tiempo. Después recuerdo que el silencio también puede hacer ruido cuando demasiadas personas callan juntas.
La Señora casi no habla ya. Antes hacía preguntas. Después esperaba las respuestas. Ahora basta con que alguien se siente frente a ella. Permanecen allí mucho rato. Cuando salen parecen haber recordado algo muy antiguo. Todos usan la misma palabra. Liviano. Dicen sentirse livianos. Nunca había pensado que esa palabra pudiera dar miedo. Ahora sí. Cada vez que alguien regresa diciendo que se siente liviano empiezo a despedirme de él antes de tiempo, aunque todavía siga respirando.
Tomás abrazó a su esposa al salir del granero. Los vi reír. Los vi llorar. Caminaban despacio, sosteniéndose de las manos como dos personas que acababan de encontrarse después de muchos años. A la mañana siguiente aparecieron colgados del mismo árbol. Dejaron las botas alineadas debajo del tronco, perfectamente limpias. Pensé que aquello sería suficiente para que nadie volviera al granero. Esa noche hubo todavía más gente.
Después fueron los hermanos Ruiz. Después la señora del molino. Después… esa palabra está mal. No fue después. Fue el mismo día. Todos el mismo día. Eso intento escribir desde hace rato y las palabras siguen poniéndose en fila unas detrás de otras como si hubiera pasado poco a poco. No pasó poco a poco. El pueblo amaneció abierto. Así. Abierto. Las puertas abiertas. Las ventanas abiertas. El pan seguía caliente. El café seguía sobre las mesas. Las vacas mugían porque nadie salió a ordeñarlas. Los perros. Los perros ladraban hacia todas partes. Siempre entienden primero. Siempre entienden antes. Nunca preguntan. Nosotros sí preguntamos. Preguntamos hasta que dejamos de hacerlo.
Caminé por la plaza. Creo que caminé. Tal vez corrí. La plaza estaba vacía de personas y llena de ellas. Eso tampoco está bien escrito. Quiero decir que seguían allí aunque ya no estuvieran. Encontré cuerpos en la iglesia. En el río. En los árboles. En las habitaciones. En los establos. Algunos conservaban una sonrisa pequeña, casi tranquila, la misma expresión con la que regresaban del granero. No quiero volver a escribir sonrisa. Ya la escribí. Déjala. Si la tacho seguirá estando.
La busqué porque todavía pensaba que alguien tenía que explicar todo aquello. No. Ella ya venía buscándome desde antes. Siempre cambia el orden cuando intento recordar ese día. La encontré sentada en la banca de la plaza. O la banca apareció donde ella estaba sentada. Vestido blanco. Siempre blanco. Ni una sola mancha. Ni barro. Ni polvo. Ni sangre. Todo el pueblo cubierto de tierra y ella parecía haber salido esa misma mañana de una habitación donde nunca entró el viento.
Le pregunté qué había hecho. Creo que hablé. Tal vez solo lo pensé. Ella tardó mucho en responder o fui yo quien tardó mucho en escuchar. Dijo que no había hecho nada. Dijo que nadie puede convencer a otra persona de morir. Dijo que únicamente había acompañado a cada uno hasta el lugar donde las mentiras dejan de sostenerse solas. Después añadió que todos llevamos una decisión esperando debajo de las demás y que basta retirar suficiente ruido para escucharla. Recuerdo cada palabra. O recuerdo el miedo que me dio entenderlas. Las dos cosas ocupan el mismo lugar.
Quise alejarme. Pensé en correr. La pierna ya había sanado hacía meses. Mi cuerpo seguía inmóvil. Ella me miró con una tristeza que me pareció más insoportable que cualquier gesto de crueldad. Me dijo que llevaba mucho tiempo escribiendo para alguien. Le respondí que ese cuaderno era mío. Sonrió. Siempre la misma sonrisa. No. Todas eran la misma. Me dijo que nadie escribe para sí mismo. Que todos escribimos para el último lector. Después preguntó quién creía que encontraría este cuaderno cuando yo ya no pudiera esconderlo.
No respondí enseguida. O respondí antes de que terminara la pregunta. Ya no sé. Lo único que recuerdo con claridad es que empezó a caminar hacia mí. Nunca hace ruido al caminar. Durante años pensé que era porque sus pasos eran ligeros. Ahora entiendo que uno deja de escuchar el mundo cuando ella decide acercarse.
Si alguien encuentra estas páginas, todavía queda tiempo. No la busque. No acepte caminar con ella aunque solo quiera hacer una pregunta. Nunca empieza hablando de la muerte. Empieza hablando de cualquier cosa. Del clima. Del pan. De una cosecha. De un hijo. De un recuerdo. Cuando uno descubre hacia dónde iba la conversación, ya hace mucho que dejó de caminar solo.
Acaba de entrar.
No recuerdo haber escuchado la puerta.
No recuerdo que alguna vez la necesitara.
—
Cerré el diario con tanta fuerza que una nube de polvo escapó entre las páginas. El golpe resonó en la habitación vacía y, durante unos segundos, el silencio volvió a parecer un lugar seguro. Sentía las manos húmedas. No recordaba en qué momento había empezado a sudar. Miré alrededor. La casa seguía abandonada. La ventana continuaba abierta. El viento hacía oscilar una cortina deshilachada.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Así que allí estaba ese cuadernito.
Me giré de inmediato.
Había una mujer de pie junto a la puerta. Vestía de blanco. El cabello oscuro descansaba recogido sobre la nuca con una sencillez que parecía ajena al paso del tiempo. Su rostro conservaba una serenidad difícil de explicar. Pensé, absurdamente, que no debía de tener más de treinta y cinco años.
La misma edad.
La misma descripción.
Sentí que el estómago se cerraba antes de que mi cabeza terminara de comprender por qué.
Retrocedí un paso.
Ella sonrió apenas, con la misma cortesía con la que alguien saluda a un vecino en la calle.
—¿Quién… quién es usted?
La mujer inclinó la cabeza, como si la pregunta le hubiera resultado curiosa.
—¿Qué respuesta le serviría?
No contesté.
Ella avanzó hasta la mesa. Sus dedos rozaron el lomo del diario sin llegar a tocarlo.
—Los nombres tranquilizan mucho a las personas. Creen que, cuando algo tiene nombre, también tiene límites.
Tragué saliva.
—¿Conoció a la autora de este diario?
La mujer levantó la vista.
—¿Cuál de todas?
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Solo hubo una.
La mujer sonrió con una tristeza que resultaba más inquietante que cualquier gesto de crueldad.
—Eso cree usted porque leyó un cuaderno. Los cuadernos siempre cuentan una sola historia. Las personas nunca.
Miré el diario. Después volví a mirarla. Por primera vez desde que había entrado en aquella casa sentí la necesidad de marcharme.
Ella pareció advertirlo.
—¿Le gustó?
Fruncí el ceño.
—¿El diario?
—La conversación.
Negué con la cabeza.
—Yo nunca hablé con usted.
La mujer sostuvo mi mirada durante varios segundos.
—Todavía.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Ella tomó asiento frente a mí y apoyó las manos sobre el regazo. No dijo una sola palabra. Simplemente esperó. Había algo insoportablemente familiar en aquella paciencia, como si supiera que toda conversación pertenece al silencio mucho antes que a las palabras.
No recuerdo haberme sentado.
Solo recuerdo que dejé de pensar en la puerta.
Después dejé de pensar en el pueblo.
Después dejé de pensar en el diario.
Y, por alguna razón que todavía no consigo explicar, apareció en mi mente una imagen tan nítida que por un instante me pareció un recuerdo: una cuerda descendiendo del techo, un nudo perfectamente hecho y una paz inmensa al imaginar el peso de mi cuerpo suspendido de ella.
La mujer seguía sin hablar.
Comprendí entonces que la conversación ya había comenzado.


