Taxi
La mujer salió del edificio poco después de las diez de la noche. La lluvia reciente había dejado una película brillante sobre el asfalto y las luces de la ciudad se reflejaban en las calles como largas grietas de oro y neón. Había pasado más de doce horas trabajando y sentía ese cansancio profundo que convierte cada pensamiento en algo pesado. Cuando el taxi se detuvo frente a la acera, abrió la puerta, indicó su dirección y se acomodó en el asiento trasero con un suspiro.
El conductor le dedicó una mirada a través del retrovisor. Era joven, quizá algunos años mayor que ella, y tenía esa facilidad para sonreír que hace sentir a los demás cómodos de inmediato.
—Parece que el día le declaró la guerra.
Ella soltó una risa cansada.
—El día ganó.
—Todavía queda noche para remontar el marcador.
La respuesta la hizo reír con más ganas de las que esperaba. La conversación continuó con una naturalidad sorprendente. Hablaron de los peores trabajos que habían tenido, de viajes que soñaban realizar y de restaurantes que siempre prometían visitar algún día. El tráfico era escaso y el taxi avanzaba con suavidad por avenidas iluminadas. A medida que los minutos transcurrían, ella descubrió que esperaba cada nueva pregunta. Él escuchaba con atención sincera y respondía con un humor tranquilo que hacía fácil olvidar el agotamiento de la jornada.
Mientras hablaban, ella observó distraídamente un edificio de oficinas que se elevaba junto a una intersección. Durante un instante tuvo la impresión de distinguir un rostro en la fachada. Las ventanas parecían ojos hundidos y una hilera de balcones dibujaba una expresión extrañamente melancólica. La sensación desapareció casi de inmediato. Ella parpadeó varias veces y sonrió para sí misma. El cansancio tenía formas curiosas de manifestarse.
La conversación siguió avanzando. Él le contó que siempre había querido dedicarse a la fotografía y ella confesó que soñaba con abandonar la ciudad durante una temporada y perderse en algún lugar donde el tiempo avanzara más despacio. Cuando volvió a mirar por la ventana, otro edificio pareció devolverle la mirada. Después otro. Después otro más. Cada estructura poseía una expresión distinta, como si detrás de la arquitectura existiera una personalidad inmensa y silenciosa.
La sensación comenzó a instalarse bajo su piel. Cada vez que observaba una fachada descubría algo que recordaba ojos, labios, pómulos o arrugas. La ciudad adquiría rasgos. Los bloques de apartamentos parecían ancianos observando desde la distancia. Las torres de cristal transmitían una frialdad vigilante. Los viejos hoteles evocaban algo parecido al cansancio.
Ella terminó señalando una construcción iluminada que acababan de dejar atrás.
—¿Le ha pasado alguna vez que un edificio parece una cara?
El conductor observó por el espejo lateral y luego volvió la vista hacia la carretera.
—Ahora que lo menciona… sí.
Ella esperaba una broma. Esperaba una carcajada. En cambio encontró una respuesta tranquila, como si acabara de formular una observación perfectamente razonable.
Durante algunos minutos el tema quedó atrás. La conversación regresó a terrenos más ligeros y la cercanía entre ambos siguió creciendo. Ella descubrió que le gustaba el sonido de su voz. Él comenzó a preguntarle cosas más personales. El trayecto empezó a parecer demasiado corto.
Entonces ocurrió algo extraño.
Una torre residencial apareció a la izquierda del vehículo. Ella la observó de reojo y tuvo la impresión de que el edificio acababa de moverse. El cambio resultó sutil, semejante al desplazamiento de una persona acomodándose después de permanecer inmóvil durante mucho tiempo. El estremecimiento que recorrió su espalda fue inmediato.
Volvió a mirar.
La torre permanecía quieta.
Aun así, la sensación persistía.
Unos minutos después creyó ver una banca desplazarse lentamente sobre la acera. Más adelante una estatua parecía orientada hacia una dirección distinta de la que recordaba un instante antes. La ciudad entera comenzaba a comportarse como algo que acababa de despertar.
El conductor redujo la velocidad al acercarse a un semáforo.
—¿Está viendo cosas raras?
La pregunta flotó en el interior del taxi durante varios segundos.
Ella giró lentamente la cabeza.
—Sí.
La palabra pareció aliviar algo entre ambos.
El silencio posterior tuvo una cualidad distinta. Ya no pertenecía a dos desconocidos compartiendo un trayecto. Pertenecía a dos testigos contemplando el mismo fenómeno.
La transformación continuó. Las avenidas dejaron de parecer simples avenidas. Sus curvas recordaban músculos tensándose bajo una piel gigantesca. Los puentes adquirían la forma de costillas. Los callejones parecían pliegues orgánicos. Las fachadas reflejaban una textura húmeda que evocaba carne observada a través de una capa de piedra.
Entonces llegaron los murmullos.
Al principio parecían corrientes de aire deslizándose entre los edificios. Después adquirieron ritmo. Cadencia. Intención. Miles de voces lejanas parecían viajar por las estructuras de concreto. Las torres susurraban a los hoteles. Los hoteles respondían a los apartamentos. Los apartamentos transmitían mensajes a las oficinas. La ciudad completa sostenía una conversación inmensa cuyo significado escapaba a cualquier comprensión humana.
El conductor apagó la radio.
Los murmullos continuaron.
La mujer sintió una presión creciente en el pecho. El ambiente entero parecía impregnado por una ansiedad ajena. Una emoción enorme descendía sobre las calles como una niebla invisible. Los edificios observaban. Las plazas observaban. Las estatuas observaban. Todo mantenía la atención fija en una misma dirección.
Hacia atrás.
La comprensión apareció poco a poco. Primero como intuición. Después como certeza.
La ciudad sentía miedo.
Cada estructura parecía contener la respiración. Las torres se inclinaban apenas unos grados. Las fachadas adoptaban expresiones tensas. Los murmullos se aceleraban. Una inquietud ancestral recorría avenidas enteras.
El conductor sujetó el volante con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
—Santo Dios…
Ella siguió la dirección de su mirada y vio cómo toda la atención del conductor se concentraba en el retrovisor. La expresión relajada que había acompañado la conversación durante gran parte del trayecto había desaparecido. Algo en su rostro se había tensado de forma abrupta, como si acabara de descubrir una presencia imposible reflejada en el pequeño rectángulo de cristal.
Durante varios segundos permaneció inmóvil. Sus manos continuaban aferradas al volante, pero su atención parecía atrapada en el espejo. Los ojos permanecían abiertos más de lo normal y una palidez repentina comenzaba a extenderse por su rostro. La ciudad seguía deslizándose a ambos lados del taxi, los murmullos continuaban recorriendo las fachadas y las luces seguían reflejándose sobre el asfalto mojado, pero él parecía incapaz de percibir nada de aquello.
Toda su conciencia estaba concentrada en lo que acababa de aparecer detrás de ellos. En algo que avanzaba por la misma ruta que el taxi y que había logrado arrancar de su rostro cualquier rastro de tranquilidad.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
La respuesta llegó convertida en un susurro.
—¿Qué es eso?
La mujer levantó lentamente la vista.
Miró el retrovisor.
Y gritó.
El sonido atravesó el interior del vehículo mientras el taxi continuaba avanzando bajo las luces de una ciudad viva. Una ciudad inmensa, antigua y monstruosa cuyos edificios habían permanecido observando durante toda la noche.
Ella había creído que aquellas cosas la vigilaban pero la verdad resultó mucho peor.
Las ventanas, las torres, las plazas y las estatuas dirigían su atención hacia la oscuridad que seguía al taxi.
Y aquello que avanzaba detrás de ellos era capaz de inspirar terror incluso a una ciudad entera.


